lunes, 31 de marzo de 2008

Unas pocas palabras sobre la identidad latinoamericana



























Es hora ya de re-pensar en Nuestra América. Las fronteras nacionales han servido para separar a las naciones europeas, porque son innecesarias. En la mayoría de los casos no hay mejor frontera que el idioma porque ‘la lengua es compañera del imperio’ (decía Nebrija) y resistencia de su cultura (agrego yo). A lo sumo, los Países Vascos, por dar un ejemplo, constituyen auténticas y delimitadas naciones (aunque carezcan de fronteras nacionales propias), porque guardan en su impermeable lengua el profundo sentido de su identidad. Mientras conserven su idioma, el alcanzar su legítima independencia será sólo cuestión de tiempo.

En Nuestra América la lengua no separa nada. Aquí las fronteras culturales son difusas y muchos límites hallan su razón de ser en los caminos que trazaron los colonialistas por meras cuestiones geográfico-económico-gubernamenetales, en desmedro de los límites culturales precolombinos. Estas cuestiones han perjudicado enormemente el reconocimiento de la identidad nacional, imprescindibles para poder consolidar nuestras naciones.

Así, por dar un ejemplo cercano, el argentino es un ‘tano’ llorando en un tango a su ‘mama’ que descansa allá, tras el inconmensurable océano, tras el naciente; también es un paisano arriando vacas en la pampa; también es un kolla que pierde horas en la aduana para ir a Bolivia y luego volver a entrar; también es un mapuche expropiado; un guaraní que más bien parece un\n paraguayo nacido en el noreste argentino, etc. Creo, en este punto, que sólo la literatura puede dar cuenta de la compleja identidad americana, dejando de lado cualquier provincianismo (siempre restrictivo y difuso).

domingo, 30 de marzo de 2008

A través del universo

video
Traducción octosilábica de Across the universe de John Lennon para The Beatles realizada por Arbuto

Las palabras van cayendo
como lluvia interminable
sobre un vaso de cartón
y se rajan mientras pasan,
deslizándose a lo lejos
a través del universo.

Las lagunas de tristeza
y las olas de alegría
van viajando a la deriva,
cruzando mi mente abierta
poseyéndome y cuidándome.

“Jai Guru Dei Va (1)” Ohm (2)...
Nada cambiará mi mundo...
nada cambiará mi mundo...

Imágenes de luz rota
prestan danzas ante mí
como un millón de ojos
que me llaman tantas veces
a través del universo.

Las ideas serpentean
como un viento bullicioso
por adentro de un buzón,
dando tumbos deslumbrados
mientras se van desplazando
a través del universo.

“Jai Guru Dei Va” Ohm...
Nada cambiará mi mundo...
nada cambiará mi mundo...

Los sonidos de las risas
y los tonos de la tierra
me van rodeando por dentro
de mis visiones abiertas,
incitando e invitándome.

El amor ilimitado
e inmortal da su brilla
por todo mi alrededor
como un millón de soles
que me llaman tantas veces
a través del universo.

“Jai Guru Dei Va” Ohm...
Nada cambiará mi mundo...
nada cambiará mi mundo...

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(1) Del sánscrito: “Larga vida al gurú Dev
(2) Mantra hindú.
.

Saga a Ruffo



























A Ruffo, el perrito más glamouroso del Mercosur

I

Negros manto de ternura
con colmillos de clavel,
rojos ojos que me queman,
alma templada de Zen,
oreja copiosa en lana,
pies fornidos de correr,
dulce y candombero cánido,
que en la noche no se ve,
sos bombón de chocolate,
trozo “doggie” de café.

II

Dulce pelo de esponjosa textura,
ojos quemantes de ardiente fuego,
mirada de cristal severa luego
de ver pasar un auto, tu negrura.

Ladrido de plata, pose de hierro,
la sombra de tu sombra no te encuentra:
se va cuando llegás; cuando te vas, entra
tu vida perreada, vida de perro.

Tu olfateado hocico olfateadero
olfatea el “off” contra mosquitos,
destroza los trozos de tus trocitos,

bebe bebidas de tu bebedero.
pero, son sus orejotas, perrito,
orejas de orejisimo infinito.

III

Perro, cual Sansón, fuerte es tu brilloso pelo,
de pulgas y de liendres, la más negra ribera;
naufraga en tu esplendor aquel sedoso velo
de raftas que florecen en tu gran cabellera.

Sobrevuelas los cielos, aleteando orejas,
¡Pegaso encanizado de la voz varonil!
Vas ladrando a los autos y frunciendo entrecejas,
gran e intrépido cánido de carácter senil.

Quisiera yo seguirte en tu viaje al Helicón,
ver manantiales nacer al golpe de tu paso,
contemplarte imperioso en el alto Parnaso

donde roes los huesos de Deucalión,
mientras la musa Clío te acaricia gustosa,
y Apolo te deleita con su lira armoniosa.

El rocker



























Cuento aquí, del rocker, alharacas

con que se cambia el rock por numeracos;

su cara seca cuenta los morlacos

de sus copas que llena con petacas.


Se cura con alcohol de las resacas

y escupe frases hechas por guanacos

su casa templo es de los vinacos

más aun que el dios Baco y sus bellacas.


Él cumple con las cuotas financistas;

y, por ser exiliado de laburos,

saca discos con ecos panfletistas.


A juzgar por sus trajes tan oscuros,

más hacen por su fama los modistas,

que por el duro rock, rosqueros duros.

Quinetetos desesperados






















Cuando me quema el frío del invierno
la noche en que de tanto madrugar,
como un hierro en la fragua de Vulcano,
como un rayo de luz crepuscular,
amaneció el verano más temprano...

Despierto cuando es tarde para hablar
y callo la verdad que me desmiente
duermo el sueño de un sueño desvelado
cuando me quema el frío nuevamente
del hueco que se ha hundido a mi costado.

El cielo es un relámpago escarlata
y la vida una rosa que agoniza
y se apura mi sombra a no hacer nada
y el cálido susurro de la brisa
que vuelve a descansarme la mirada.

Poesía, que eras luz, verdad y vida
y llamabas las cosas por su nombre
¿Con qué vas a rimar amor ahora,
ahora que me canso de ser hombre
adicto a los espejos y a la hora?

Poesía, se me ha muerto el yo más mío,
he perdido la nostalgia y el pasado
y he caído rendido en el camino
de un destino que va hasta ningún lado
y muere en un vacío repentino.

Al maestro Joaquinete























Joaquinete deslumbra con su lumbre,
alza torres de fuego entre la bruma,
asciende del infierno hasta la cumbre
del palacio del reino de la espuma.

Se entretiene, reniega, se entristece,
dibuja con la pluma una sonrisa,
se adormece en la luna que lo mece
y lo guarda del vicio de la prisa.

Pinta versos al tono de su pinta
ríe y vive, sufre y sangra tinta
se va hilando en los pétalos que corta.

Y alucinado por el whisky y por el vino
esboza algún un guión de Tarantino
con suspiro andaluz de García Lorca.

viernes, 28 de marzo de 2008

Candombe de carnaval












Bajo un metatumulto de mulatas,
condimenta el candombe la milonga
y con bombos, con tachos y con latas,
va cantando la garza que rezonga.

Llega el eco cubano de la conga
del songo, de la rumba y las bachatas
¡que se ponga a bailar el negro tonga!
¡que se oigan los tones de las batas!

¡que empiece la murga y la chamba!
¡que empiece la murga, caramba,
que quiere retemblar toda la arena!

¡que no afloje el tambor de batucada!
¡que despierte la murga acompasada,
al ritmo de la América morena!

miércoles, 12 de marzo de 2008

San Cayetano Godino



























Un tanguito a la memoria de Cayetano Santos Godino


Pobrecito, el petisito,
San Cayetano Godino,
de vela en vela pasaba
iluminando la noche.
Orejudo, chiquilín,
que en la punta de un piolín
amarró sus ilusiones.

Nadie te quiso entender,
ni quererte pudo nadie,
te dejaron destrozado,
relleno de pena y sangre,
con el alma en el cajón
de un clavo desubicado
que un malandra te afanó.

Pobrecito, Cayetano,
pobrecito de verdad,
tan chiquito y orejudo,
y huérfano de ciudad.


Te guardaron en la tumba,
te cortaron la alegría,
respondiste “No es mi culpa,
si la tierra yira y yira”.

Pobrecito, el petisito,
pobrecito y sin mamá
que le diga que lo quiere
y que lo quiera de verdad.


Cuando la noche era fría
la podías calentar
con la petaca curdera
y un fuego del más acá.
Y si ahora aprieta el frío
y un maullidito escuchás
para abrigarlo del sueño
hasta el sol lo acompañás.

Pobrecito, el petisito,
pobrecito de verdad,
tan chiquito y orejudo,
y huérfano de ciudad.

Pobrecito, el petisito,
pobrecito y sin mamá
que le diga que lo quiere
y que lo quiera de verdad.

Fábula de Narciso



















Si no encuentran los acentos,
busquenlós en otros cuentos.


“Estoy harto de que absolutamente
todo lo que use me quede bien,
de que me copien alevosamente
de que me veneren los que me ven.

Muéranse de la envidia, soy Narciso,
el más lindo y más humilde señor,
y aunque todos me amen es preciso
que no me odien por ser el mejor.

¿Espejito quien es el más bonito
–le indagó Narciso al vivaz espejo–
tan bonito que lo miro y deliro?”.

“Eres tú –le respondió el espejito–.
y eres lindo por ser mi reflejo”.
Narciso esa noche se pegó un tiro.

Lolita




















A la memoria de Nabokov


Me quemás con el frío de la duda,
me encendés con la lágrima del sueño,
me abrigás con la luz que me desnuda,
me mentís que soy tu esclavo y tu dueño,

me cambiás por cualquiera en cualquier lado,
me mirás con la mesa entre los codos,
me ignorás, me dejás enamorado,
me querés como no quisiste a todos.

Me olvidás en tus ojos la mirada,
me cantas tu canción desesperada,
me caes de algún cielo, princesita.

Mi bálsamo de menta, sombra y fuego,
saeta clandestina del dios ciego,
mi paz en el infierno, mi Lolita.

Descubre el poeta los misterios de cierto río que nació de su interior (de un modo u otro)

















A María Julia Alsogaray


Del interior dos amigos
despedí ayer fatigado:
“Chau morocho, chau morocho...”
se los tragó el escusado .

Salieron de mis adentros,
los di a luz y, ya bajando,
por el retrete hasta el Plata,
por ti se fueron nadando,

Riachuelo, triste riachuelo,
porteño Sena apestado,
oro verde de las moscas,
asesino de pescados,

Vomitas peste al mar dulce,
transportista envenenado,
ya no eres frescor del pueblo,
sino colon del Estado.

Si algún forastero se hunde,
gozoso, en tu rostro manso,
altanero y confianzudo,
lo intoxicas por osado.

Y si una dama se arrima,
sin el pulmón abrochado,
en su nariz los jazmines
serán perdido pasado.

Y las moscas que ha un tiempo
hacia ti se iban volando
con tu aliento insecticida
al viento las vas bajando.

“¿Riachuelo, triste riachuelo,
–le dije cual triste bardo–
qué género de sirenas
imitan de tu agua el canto?”

Él se paró tan mugriento
que al enaltecer los brazos
despidió tal pestilencia
que el sol cayó desmayado

y abrió la Boca de modo
que aliento tan enviciado
alentó en la bombonera
sin dejar uno parado.

Cuando por fin soltó palabra,
estaba yo hospitalizado
por lo que envió su respuesta
por sobre certificado:

“Refrescándose en mi vientre,
ayer sirenas cantaban;
por chapuzones hoy cantan
mil sirenas de ambulancia.

Las niñas daban sus cuerpos
a mis aguas con confianza,
hoy me mojan sus mojones
y sus meos se me estancan.

Y a las viejas lavanderas
cuyas prendas yo blanqueaba,
agudo cáncer de olfato,
les provoca mis oleadas.

Y las ninfas que jugaban
eufóricas en mi panza
hoy defecan sus problemas
y por tubos me los mandan”.

Con canto de sirena

Ya no vengas con canto de sirena
a decirte una huérfana de luna,
ni digas que fue sólo la fortuna
quien colmó con tu miel a mi colmena.

Ni trémula te pone, ni me apena
que fuera aquella noche inoportuna,
ni creas que te amé como a ninguna;
ni yo soy Dios, ni vos, mi Magdalena.

Si dejaste el pasado en el pasado,
no me pases la cuenta del pecado,
ni nieves mi verano cuando invernas.

Sólo quise escribirte un mejor verso
y buscar con la boca el universo
del cielo de la boca de tus piernas.

lunes, 10 de marzo de 2008

La verdad sobre la trágica muerte de Ana Aldana Villamediana

Te lleno con mi aliento
y vas tomando la forma de una mujer,
pero seguís fría,
pero seguís mía,
escondida en un cajón,
pero sos mía...
Te hicieron para cualquiera
pero sos mía...
sos mi muñequita.
Tu boca
parece querer decirme algo...
¡Oh! Y en tu boca nace el silencio.
Tu etéreo cuerpo brillante como el sol
y tus rozados en insípidos pechos
son sólo míos... ¡Míos y de nadie más!
Recuerdo cuando estábamos solos...
yo moría y vos nacías.
y luego morías, cuando yo resucitaba.


¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con su asesinato? Comenzaré por decir que no recuerdo el día que la conocí, que la elegí. Sólo recuerdo que era una pluma y que desde ese día fue sólo mía. Tampoco recuerdo porque le fui infiel, pero lo hice, la traicioné, la cambié. No podía ni imaginarme que esto iba a terminar como terminó. Con su cuerpo frágil sobre la cama, vacío. ¡Ay! Ana Aldana, que ingrato fui. Como iba yo a sospechar lo que iba a hacer. ¿Cómo pude matarte?

No sé cuando, pero te vi, oculta tras ese plástico crujiente. Te escondías detrás de la foto de otra, que era como tú, Ana Aldana, pero no eras tú. ¡Oh! Bien sabes que no lo eras, porque eres única entre todas las mujeres.

Ese día te hice mía, te hice mujer y tú con esa carita de asombro mirabas la nada, susurrabas largos silencios ocultos tras el crujido de tu piel. Y te engañé. Te engañé con cualquiera, con la primera que dijera que me quería, con la primera que me mintiera. Y tú estabas ahí cuando lo hacíamos, tú nos escuchabas, nos mirabas, y nunca me lo reprochaste. ¡Qué vil traidor resulte ser al matarte! Lo siento, Ana Aldana, pero no puedo evitar que las lágrimas corran por mis mejillas al figurarme el rostro tierno con que me miraste, ese rostro de cordero que se deja matar sin reproches. ¡Tal santidad alcanzaste! Y te maté.

Un día no eras la misma, estabas triste, cansada. Sólo entonces descubrí la belleza de tus ojos, ocultas tras los rayos de seda que deshilaba con mis dedos. ¿Cómo pude matarte? No lo sé, pero lo hice. Te maté, pero más me maté a mí, porque sin ti, mi vida es peor que la muerte. Tus labios de rubí eran el agua que me aliviaba de las quemantes injusticias del mundo. ¡Oh! Ahora comprendo la hondura de mi ingratitud, de mi incomprensión.

Al observar tu exótica belleza, al descubrirla después de tantos meses de engaños, no pude encontrar a nadie que la igualara. Descubrí también que me gustabas cuando callabas porque estabas como ausente. Así era, aunque esas palabras eran de otro, de cuyo nombre no quiero acordarme. Ay de ti, Ana Aldana, ay de ti. ¿Por qué? ¿Cual fue el motivo? ¡Oh! sólo tu lo sabes, Ana Aldana, sólo tu y nadie más.

Aún recuerdo el día en el que te llevé a pasear por Parque Lezama. ¡Oh, bien lo recuerdo, Ana Aldana! Recuerdo que todos te miraban con aire de extrañamiento. Ay de quien halla visto antes otra belleza cual la tuya, ¡Oh, amada Ana Aldana Villamediana! ¿Cómo me hubiese imaginado en aquel entonces que habría de matarte? Pero lo cierto es que lo hice ¡Y con qué despecho!

Recuerdo cuando te llevé al trabajo para que me mires, para mirarte, simplemente eso. Pero el inspector Amadeo Etchegaray me echó al día siguiente. Entonces tu no estabas conmigo, pero lo estabas, ¡Oh, si, Ana Aldana! Bien sabes que lo estabas.

Volví a casa para encontrarte y te encontré, te encontré en la cama... ¡Con mi amigo! ¡Por el amor de San Jesucristo el muy Nazareno! ¡Tal cosa veían mis ojos! Pero no entre. Cerré la puerta cautelosamente, me escondí en la cocina y esperé a que se fuera. Y tal como hacen los traidores, él huyó velozmente de mi casa, tan secretamente como había entrado. Entonces volví a entrar en el cuarto y allí estabas, Ana Aldana, allí estabas con tus labios empapados en un esperma ajeno y vil. Tu pelo, hilo de seda, estaba quebrado, arrugado, estropeado. Por tu cuerpo danzaban las cristalinas esferas del sudor y tu entrepierna, que había sido sólo mía, ya se había dividido más de la cuenta. Perdóname, Ana Aldana, pero no tuve más remedio que tomar aquel sádico miembro de caucho, que descansaba en nuestra mesita de luz y atravesar con él tu pecho. Y bien sabes que cuando lo hice, se oyó un trueno ensordecedor y entonces, sólo entonces, Ana Aldana, podías decir que estabas realmente pinchada.

Y así fue. Oh, bien sabes que así fue, Ana Aldana. También sabes el dolor que sentí cuando abría tu pecho. También sabes con que dolor te enterré –¡Oh, Ana Aldana!– en el jardín del patio cual si fueras una perrita. Oh, bien sabes que fuiste una perrita por lo que me hiciste, Ana Aldana.

Los días no pasaban más, duraban años y yo –¡Si, Ana Aldana, bien oíste, dije yo!– me sentí triste, como triste es la vida de las ruedas de los camiones que aplastan sapos en la ruta 2. Fui, entonces, a la orilla del río solo y bien solo que estaba, Ana Aldana, solo como un perro. Y entonces... llegó él...

Estaba trotando por la rivera y me vio ¡Ay de mí, Ana Aldana, ay de mí! Aún recuerdo con que despecho me dijo: “Leo, ayer pasé por tu casa, no estabas. Así que como vi la muñeca y tenía ganas, te la agarré, la pinché y casi la reviento”.

domingo, 9 de marzo de 2008

El cornovalito

Una historia de amor donde Cupido se disfraza de “ce-hache”



Capítulo 1: Dónde se transcribe el verdadero Génesis que el pueblo judío ha ocultado del cristiano para poder jactarse de que existe por lo menos un libro que este último no les ha robado

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, no había ni cielo, ni tierra. El mundo era un desierto físico y conceptual.

Dios, quien posee vida eterna, después de pasar una eternidad y media peinando su larga barba y teniendo pensamientos eróticos con Afrodita (entre otras acciones intrascendentes), decidió hacer algo para justificar su lujoso guardarropa y, de paso, ganarle las elecciones de “Mr. Deidad” a Zeus, a Alá y a Woody Allen. Entonces creó una obra de títeres:

El primer día pintó el techo de su cuarto de azul y celeste, y el suelo, de beige (o, mejor dicho, mandó a pintar). Luego, prendió un foco al flamante grito de “Hágase la luz ¡Carajo! Que no veo un corno”. Vio que la luz era buena pues gracias a ella, encontró lo que tanto estaba buscando: su palo de golf. Dios es todo poderoso pero –y esto hay que reconocerlo– tenía pendientes varias causas jurídicas por evasión de impuestos. Tal es el caso que pretendió abstenerse a pagar la luz en su totalidad y decidió hacerlo lo a medias . FEBO fiel a sus principios capitalistas adoptó la medida de hacerle una corte de luz diario. Dicho corte empieza a las 5:30 PM y finaliza 8:30 AM . Este fue el primer día de la creación de lo que con el tiempo se pasaría a llamarse “oficina divina”.

El segundo día, Dios creó el firmamento y separó las aguas de las tierras, de la de los cielos clasificándolas en: aguas, nubes, hielos y relleno para mandarinas transgénicas. Después de todo el tiempo (treinta segundos) y el esfuerzo (rascarse la cabeza) que le había provocado esa honda labor se recostó en el colchón de agua que le había regalado Poseidón, para uno de sus incalculables (incluso por el mismo) cumpleaños, decretados arbitrariamente (por el mismo) como el primero de enero, y el dos y el tres... y así hasta el treintiuno de diciembre. El colchón venía acompañado de una humilde tarjeta que decía: “Todo bien Dios, pero a mí me prometiste todo el mar del mundo y se lo diste a los japoneses, y encima ni me mandaste a nombrar en la Biblia, gil ¿Quién te crees que sos? ”. Este fue el segundo día de la creación de la leche “larga vida”.

El tercer día, reunió, Dios, las aguas bajo el firmamento, haciendo que los ángeles devotos de su ruego cavaran hoyos en la tierra. Estos se llenaron de agua y adoptaron el nombre de océanos, lagos, lagunas, etc. En consecuencia “El Barba” (como le decían en la familia) no pudo utilizar dichos hoyos para su verdadero fin: jugar a la bolilla. A causa de la humedad de aquella precaria tierra, empezaron a nacer diversos tipos de moho. Dios llamó a estas malezas: Flores, frutos, hierbas, arbustos, árboles, etc., las registro como hermosas y se adueñó de la invención. Estas turbias maniobras divinas eran, en realidad, la forma de ocultar el verdadero problema: no tenía herbicidas, ya que gastó los fondos destinados a la adquisición de dicho producto, en la compra de su pentagécimo peine de oro. Este fue el tercer día de la creación de Greenpeace.

El cuarto día, creó Dios el sol, la luna y todas las estrellas (la cruz del sur, el cinturón de Orión, Aries, las de Hollywood, etc., ATC y el TC 2000) Este fue el cuarto día de la fundación del gremio de astrónomos.

El quinto día creo a los pájaros, en el aire, y a los peces, en el agua. Y a pedido de los Japoneses, también creo a las ballenas. Al finalizar el día, contempló la hermosura que había creado, con una hambuergesiada (naturalmente, de pollo y pescado)

El sexto día, creo Dios los animales de la tierra y vio que todo era perfecto.

Y amarillo,
el otoño y verde,
la primavera;

y el invierno,
blanco y el verano
muy azulado.

Pero ¿Qué sentido tenía, que todo sea perfecto? “Tengo que crear algo imperfecto ya que la perfección absoluta es aburrida” pensó, Dios. Además, hasta las divinidades de su talle debían descansar. Así que de muy mala gana, esculpió en un cacho’e tierra quiandaba por áhi, un sereno a quien llamó Adán. Pero éste enseguida sintió la espantosa compañía de la Soledad , y le pidió a su creador:
–Dio’ quiero una mina a mi imagen y semejanza.
–Sólo tenias que pedírmelo, Adán. Nunca me hubiese imaginado que te gustaban los travestíes.
–No Dio’ una mina de verdad, no a mi imagen y semejanza, que sea mina y que esté más buena que yo.
–Está bien –dijo Dios y así fue.

Un día, mientras paseaba por las estrellas, los vio. Todas sus precauciones habían sido en vano. Ellos (primero ella y después él) le habían dado el primer mordisco a la libertad, a la sabiduría, al poder y al deseo, y –¡Oh, colmo de la ingratitud!– no le convidaron.

Capítulo 2: Donde, ya enterados del origen de nuestra especie, se describe algunos hechos que acontecieron durante el nacimiento de Don Sancho Carliuchi “ el Cholo” Chávez de Chivilcoy quien de aquí en más será el protagonista de esta narración

Mientras una chica paseaba un caníchido pichicho, un chileno bailaba una bachata, un charro conocía a una chamaca y un chino enborrachábase con ponche con el vano afán de hacerse el churito ante una checoslovaca que comiendo una chuleta yacía, en las chechenias latitudes, la madre de la criatura que por Cholo llamaremos durante el desarrollo del presente relato, diolo a sombras (pues era de noche). Púsole al chico por nombre: Sancho Carliuchi Chávez de Chivilcoy pues no había nacido sino allí. Resultó, desde su parto, un niño achinchonado de siete kilogramos de estatura por quince grados centígrados de ancho. Tal cosa les hubiese parecido al cuerpo medico que allí se aperplejaba, no más que una leve anormalidad, de no haber sido porque era demasiado notoria para ser leve.

–Señora, usted a tenido un hermoso chimpancé –dijo la partera mostrándole al niño.
A lo que esta primeriza madre quedó helada de la emoción y no se animaba a agarrarlo por lo dicho.
–Agárrelo sin miedo, señora, que los estudios salieron negativos ¡Su hijo no es el bisnieto de Chucky! –y lo despachó en las manos de la maternal dama.
–¿No es lindo? –preguntó la emocionada progenitora.
–Doña – contestó la partera– con decirle que el pediatra ya le dice revista Caras.
–¿Y porque eso, señora partera? –inquirió curiosamente la madre de nuestro héroe.
–Porque de lejos parece Gente.

Fue entonces cuando el tal niño, luego de miles de enbarrosos tramites burocráticos, fue oficialmente reconocido por nuestro Sumo pontífice como un ser que, aunque infame, pertenecía a nuestra pobre raza de mortales.

Capítulo 3: Sobre lo que sucedió en el bautismo del Cholo

Comenzó el padre Carrazquetti del siguiente modo el bautismo del Cholo:
–Estamos aquí reunidos para festejar un día hermoso en la vida de un niño que sin duda no lo es. Pero, porque esa cara de espanto, señora, –dijo a la chólida madre, el párroco– Dios no mira la belleza física, sino nuestro corazón y aunque éste sea deforme, grotesco y horrible como el de este niño, su amor lo hará hermoso; porque no era acaso San Agustín más feo que leer la “suma teológica” de un saque y abajo del agua; la horrenda pelada de San Francisco de Asís, pudo acaso opacar su santidad; o la repugnante corbata de Jorge Lanata evitarle engalardonarse con cuanto Martín Fierro ganó. No, señora, no, así que por favor retírese de aquí con este engendro repugnante.

El Cholo se fue de la iglesia en brazos de su madre sin poder hacerse cristiano y sacóse el chupete para pronunciar lo que serían sus primeras palabras: “¡Qué choto!” y después de un pequeño provechito surgió de su boca un eructo, comparable a un blasfemo tsunami de veinticinco kilómetros de altura, que hizo ceder los cimientos de la catedral Chivilcoyana al punto del derrumbe.

Capítulo 4: Que trata del momento en el que el Cholo y Alberto vieron por primera vez a la Chicha

Cinco años, dos meses, tres días, doce horas y cuarenta y siete minutos después de que el perro del vecino del ortopedista del primo de un amigo con el cual nuestro héroe hizo buenas migas tras haber comido junto a él un sándwich, agitara su rabo por vez primera, vieron por primera vez a la Chicha. Alberto le había dicho al Cholo: “Che Cholo, largá el chori, chamullatelá y mojá tu salchicha en su charco”. Y el Cholo, que de clases sociales nada parecía comprender, se la chamulló de tal modo que tuvo treinta y ocho chicos en dieciocho años (de los cuales no conoció a ninguno, pues los del “Centro de donación de esperma” no le dieron datos precisos que hubiesen sido preciosos para él).

Capítulo 5: Donde se narra lo que pasó cinco años después de lo que se contó, cuando Alberto y la Chicha se habían casado hacía dos días, y al Cholo habían participado

Las nubes estaban azucaradas y rosadas por las rosas enrosecidas y por las caricias del sol, que seguían, como siempre, muy llenas de merengue. Las amables amapolas lo invitaban con su arábico y ambárico aroma a sentarse en el banco blanco de la plaza. La paz irrumpía en el ambiente al compás de las tenues vibraciones de un violín obeso interpretado –¡Oh, paradójico extremo!– por “el Chelo” Delgado. El Cholo recordó a la sazón que allí mismo lo había visto a Alberto junto a ella, por primera vez, por última vez. “¿Cuanto tiempo ha pasado desde entonces?” se preguntó el Cholo. “Dos días” se respondió.

Se estaba lastrando un choripán con chimichurri, entidad culinaria nunca bien ponderada por la aristocracia, y chupaba las últimas gotitas de su chop; y la cheta de la Chicha meta champú y champiñones en su chacra cantry. “Chau” creía decirle el Cholo, pero, la cholula, ya le había chorea’o el corazón. No obstante, se consoló diciendo a media voz: “¡Qué chambona más chanta!”

Capítulo 6: De lo que aconteció al Cholo tras haber sido visto por Alberto

Alberto confundiéndolo con un mendigo, le preguntó “¿Vendes medias, vos?”. El Cholo no contestó y se quedó panchito en su banco blanco.

–Pará, ¿Sos vos, loco? –dijo Alberto.
–Si, soy loco.
–¡Ah! Perdón, loco, ¡qué loco! te confundí con otro loco. ¿Che, quiandás haciendo aquí, loco? –porque desde que ingresó a la alta sociedad no dice más “acá”, mas dice “aquí”.
–Nunca te lo diré, bastardo. Te has casa’o con la dama de mi’ sueño’. ¡Qué te ha pasa’o, hermano! Creí que era’ mi coate. Ere’ un hijo’e perra. Siempre supiste que me gustaba la Chicha. Pero, claro, ahora que ere’ rico no me hace’ ni caso ¿No e’ así, chico?
–¿Porqué hablas tan raro, Cholo?
–Porque esta parte del relato ha sido doblada al español en el Miami bech of American –respondió nuestro chólido héroe.
Y así era, pues las palabras del Cholo fueron dobladas por no desprestigiar a personajes de tal nobleza.
–La vida es como una caja de bomberos, Cholo, nunca sabes cuanta agua a la manguera va a quedar.

Capítulo 7: Sobre cuanto aconteció al llegar la Chicha

Y la Chicha que ya se había comido los champiñones y chupado el champú y el acondicionador y el cianuro y cuanta bebida había en la casa (pues es muy de la alta sociedad tener un alto grado de alcohol en la sangre), llegó borracha a hacer un bochorno ante los interlocutores que en la plaza se habían concertado.

–¡Sal, Chicha! –gritó Alberto enfadado, a lo que un vendedor de hotdogs concurrió cargado con una de mostaza y mayonesa. Alberto la agradeció y le garpó con una guita.
–¡Alberto, viste el pedo de esa mina! –dijo don Cholo.
–¡Cholo, lo vi! –contestó Alberto.
–Cho, tampoco –agregó un japonético sujeto que por allí pasaba– pelo lo olí.

Capítulo 8: Breve pausa publicitaria


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Capítulo 9: Breve entremés

Mientras las ramas se meneaban cual rameras presas del rufián viento que, con sus ráfagas, las manejaba, una cierta señorita, detrás de los augustos arbustos, le daba el gusto, a un robusto caballero, de contemplar como su busto se bifurcaba. Horacio, que así se llamaba el robusto caballero, sintió que los pezones de la dama estaban helados por el frío; escarchados al rojo vivo, con saliva bajo cero, pues era invierno. Acto seguido, ella contempla los pezones de él y nada le provocan, por lo que, después de un tiempo, les envía la siguiente carta, levemente soneteada:

–Epístola a los pezones de Horacio–

Queridos y horacianos pezones:
yo me pregunto ¿para qué existen?
A ustedes con corpiños no los visten
y más que ustedes sirven los peones.
¿Señalizan acaso los pulmones?
Sus redondas formas ¿en qué consisten?
Los genes en borrarlos no insisten
y en ningún ser encienden pasiones.
Nada son, no los esconden por eso
tras los bikinis de la vil censura
que a la luz luminosa vuelve oscura
y, al poeta, en el pensar, le da un beso.
Si de nada sirven, desaparezcan
y, en el campo de la nada, amanezcan.

Capítulo 10: De lo que le sucedió al Cholo cuando se fue a confesar

–Padre, padre ¿dónde estás? –gritaba el Cholo en la iglesia.

A lo que un enorme sujeto vestido de negro le dijo con una voz distorsionada:

–Cholo, I’m your father.
–¡No! –dijo el Cholo hasta que lo reconoció y agregó– ¿Dark Vader, sos vos?
–Yes, my fucker boy.
–Pero el guión de “La guerra de las galaxias” está en la biblioteca de al lado, en la negra –continuó el Cholo.
–Che Cholo, nunca subestimes el poder del lado oscuro.
“¿El de la luna?” se preguntó el Cholo. “No, idiota, el del imperio” le contestó su colérico Super-yo.


Capítulo 11: Lo que pasó al llegar una monja

De repente irrumpió en la capilla (que no era la Sixtina pero era de Cuartina) una voz, como de Monja, que, casualmente, era la voz de una monja:
–Hola, soy una monja –dijo la monja con una voz que, irrefutablemente, era de monja.
–Hola. Quiero saber si el cura cura el mal de ojo.
–El cura lo cura.
–Hermana, ¿quién carajo le preguntó si él cura locuras? Mi problema es que aquí hay olor a gato encerrado y eso me trasmite ondas negativas.
–Mi amigo, esas son supersticiones –continuó diciendo Sor Éter–. Sepa que el cristianismo las rechaza, como debería hacerlo usted si como cristiano quiere ser tratado.
–Pero usted no entiende ¡El gato es negro!

Capítulo 12: Sobre lo que pasó después

A lo que empezó a sonar la alarma que daba calambre. Todos los comandos exorcistas, caza vampiros y lobos humanizados se hicieron presentes. Se armó un quilombo, que ni les digo. Uno de los cruzados cristianos se acercó al Cholo y levantándolo de la garganta y gritándole al oído le preguntó “¿Dónde carajo está el gato negro?”, a lo que el Cholo respondió con una mirada que parecía insinuarle: “Sepa perdonar mi desconocimiento del tema sobre el cual me interroga y entienda que lo único que sé de el gato negro, es que de él se dice que en la tríada central (el narrador, su esposa y el gato) se ve el reverso infernal de Poe, Virginia y la gata Caterina, tan mimada por ellos”. El dicho cruzado, ignorante del arte de descifrar esta mirada comunicadora de un mensaje tan exquisito, como revelador, creyó entender: “Ni la más pálida”, dejándose llevar por el notable purpúreo grisáceo que el rostro de nuestro héroe había adquirido.

–Disculpá’, flaco. Esto que quede entre nosotro’ los cristianos, que somo’ todo hermano, somo’.

Y en eso se escucha una voz ronca del otro lado de la pared que decía “Che, saquéenme de acá”. Los soldados procedieron a demoler la pared, cuyos escombros cayeron sobre el cadáver de un cardenal de la Santa Iglesia, al grito de: “Aquí hay olor a gato encerrado”. Un sujeto de raza negra, disfrazado de mujer, dijo:
–¡La monja mató al cardenal!
–¡Si, lo mató ella! –dijo el Cholo.
–¡Arréstenla! –dijo un cruzado.
–¡Ella es la asesina! –dijo el juez.
–¡Y yo soy gay! –dijo un tipo que andaba por ahí.

A lo que la monja respondió:
–¡No! ¡El gato negro! ¡Con sus diabólicos ojos!

Los cruzados descubrieron que la monja había matado al cardenal por serle infiel con el antedicho transformista, por lo que, consecuencia del enojo, lo amuró, sin imaginarse que el gato negro, quedó igualmente amurado, pero este último... ¡Estaba vivo! El Papa prosiguió nombrando al Cholo, Miembro del Honorable Imperio Cristiano.

Capítulo 12 bis: De lo que sucedió al calmarse la capilla, irse la policía forense y llegar el cura

–Padre, padre, sentí olor a gato encerrado y descubrí un asesinato, al advertir que este fálico felino y un cardenal habían sido amurado por la diabólica Sor Éter. Después me condecoraron como Miembro del Honorable Imperio Cristiano. Y ahora siento que mi cuerpo tiembla –dijo el Cholo a San Pío Nono.
–Y yo ayer me comí una hamburguesa completa y no se lo ando diciendo a nadie.

–Pero... pero yo me estoy confesando.
–Si, eso dicen todos.
–Mi cuerpo quiere ceder sexualmente al adulterio, padre ¿Qué debo hacer?
–Hijo, el cuerpo no importa, pues no es más que la cárcel del alma.
–¿En serio, padre? pero porque no me agarra el candado.
–¡Que Dios te castigue!
–Si Dios existe, no me enteré. Pedazo de forro hijo’e remilputa.
–Hermano, mucho has pecado.

A lo que el Cholo (confundido porque un padre que no era el suyo lo llamó “hermano”) pensó en responderle con un soneto que había escrito por si un evento semejante aconteciere, pero como no aconteció un suceso semejante sino exactamente el mismo, lo dijo igual:

Blasfemiante sonetillo te diré
pues puteada andas necesitando
y es la puta que te está cagando
a quien, durante la noche, cogeré.

Ya no para, tu hermana, de petearme
y a la paridora puta cepillo.
Rómpole, a tu abuela, el anillo
y no deja, tu hija, de tocarme.

Cágomelos a todos tus parientes,
a tu noble vecina, me la ensarto,
a tu hermano, le bajo los dientes.

Tu novia, de coger, me tiene harto
y, pues tiene, con vos, cosas pendientes,
me da el culo, ella, y se lo parto.

Al terminar de recitarle el soneto que se dijo que le recitó, el Cholo se dio cuenta de que el cura estaba muerto, con una gran “Z” dibujada en el pecho.

–¿Zorro, sos vos?
–¿Quién más, chabito?
–Pero, algún pelotudo debe haber traspapelado las páginas de los libros. Así que rajá de acá porque ésta no es tu novela.
–¡Ni la tuya, chamacote! –y se fue gritando en su corcel– Ándale chabo, que muchos quieren ser como yo, pero yo quiero ser muchos y, a su vez, tener mucho de yo. Pues que Dios la salve a California, entonces.

La sombra del Zorro desapareció en las tinieblas, tal como suelen hacer las sombras de las personas que no son ni Peter Pan, ni Drácula.

Capítulo 14: De lo que pensó hacer el Cholo al llegar a su casa y de lo que pensaron en responderle

“Má’ si, me hago vegetariano y se van todos a la concha de la lora” pensó el Cholo. “La paloma también tiene concha, la paloma también tiene concha” pensó en reprochar el ave en cuya cachufleta debía albergar a más de un representante de nuestra desprestigiosa raza.

Capítulo 15: Sobre los hecho que sucedieron al caer la noche

Cuando cayó la noche, se levanto y siguió su curso natural. Llegó entonces Alberto, con unos cornalitos, a comer a lo del Cholo. La caballa de la Chicha yacía dormida en el placard de este último entre calzoncillos que oscilaban entre el amarillo y el marrón, y alguna que otra porción de pizza a la piedra petrificada (pues con una petaca de whisky que tenía en el escote, Madame Chicha la hizo Don Pedro y, acto seguido, procedió a lastrársela).

–¿Queréis cornalitos, Cholo? –dijo Alberto con mirada sugerente.
–No, gracias. Son tuyos, vos te los ganaste. Además son como papafritas que te miran.
–Les comes la cabeza primero y ya está –agregó el más albértico sujeto de la tríada central de nuestro relato.
–¿Pero no se te ocurrió pensar que esos pobres pescaditos tienen padres que los buscarán por las inmensidades del océano y hermanos cuyos sentimientos están siendo cruelmente mutilados por los funestos mecanismos de las feroces mandíbulas de tu impúdica boca que los comen sin reflexionar que están ingiriendo el cadáver de un ser que quería vivir, ser feliz, tener una familia y adquirir una nueva limpiawaflera eléctrica una vez que los verdugos pescadores los hubieron pescado con sus insensibles cañas y redes ?
–La verdad que no –respondió Alberto mientras deleitaba a sus lectores con un olímpico eructo.
–Yo tampoco – reflexionó el Cholo– así que vuelvo a ser carnívoro y me dejo de joder.

Y la Chicha que hasta entonces se había quedado en el placard indispuesta a salir, cambió súbitamente de decisión...

Capítulo 16: Estimado Hannibal Léctor: interrumpimos su relato para dejarlo ante los comentarios de los especialistas Johnny Costanzo y Eric Rodríguez

ERIC RODRÍGUEZ: Bueno, Chohnny, ¿Cómo crees que viene la obra?
JOHNNY COSTANZO: Uhmm... Realmente es una pregunta difícil, Eric, ya que el Cholo le está siendo infiel a La Chicha, sin embargo la pizza no era un Don Pedro sino una piedra.
ERIC: Pedro tu eras piedra, ja, ja, ja... Realmente eres gracioso Chohnny.
JOHNNY: Braulio no anda el audio.
ERIC: Ja, ja, ja... Chohnny, eres un verdadero plato.
JOHNNY: No soy un plato, Eric. No anda el audio ¡Braulio! ¡Por favor arréglalo!
ERIC: Óie Chohnny, mi tía es más graciosa.
JOHNNY: Hablando de gaseosas, Eric, te recomiendo comprar Gaseosas Poca Cola® que no sólo es rica... también afloja torniios, Eric.
ERIC: Ahora que dices torniios no te parece que el Autor de este relato tiene un tornillo flojo.
JOHNNY: Seguro, y es porque no usa Bolivarianigoma®.
ERIC: Seguramente es eso, Chohnny.
JOHNNY: ESSO®, que bueno que me hallas dado La razón®.
ERIC: Sí, la compré en el kiosco, después de lo de mi perro.
JOHNNY: ¿Eric, que le paso a tu perro?
ERIC: ¡Ah no te he contado! Y tu sabes que estaba... y el veterinario le tenía que cortar el... pitulín, bueno sí el pitulín, quizás no sea una palabra muy digna, pero la cosa era así, el lector entederá. Y bueno cuando terminó de cortárselo, se percató de que se lo había cortado a mi hermano, el Néstor, pero como no lo usa demasiado, no le importó mucho y aparte se ligó unos trocitos para perro, así que...
JOHNNY: Y si. El Néstor es así, Eric. La gente no cambia.
ERIC: Ah, ah... ehhhh... bueno nos acaba de avisar el Autor que nos pasamos como siete renglones así que... Bueno, y así redondeamos diciendo que Borges era ciego.

Capítulo 17: Donde tras esta breve, pero extensa, interrupción lo dejaremos seguir con su narración favorita

Mientras el Cholo decía lo que se dijo que dijo, Alberto, casi sin darse cuanta, se comía los cornalitos. Y la Chicha ya asfixiada en el placard (resultado de inhalar el aroma de los chólidos calzones y de la pizza a la piedra petrificada) salió de él, al grito de...

–Perdonadme amor mío te pues he sido infiel –mientras las lágrimas se paseaban por su cara cual autitos chocadores del Hollywood Park y a lo que Don Alberto contestó:
–Ah, no te hagas drama, yo te metí los cuernos con la hermana del Cholo, y con su Mamá, y con la hija no reconocida (y bueno fue en una fiesta de disfraces), y con su hija reconocida (la que trabaja en la tele), y con el gato negro. Ja, ja, ja... –prosiguió Alberto como dando a entender que se estaba riendo, mientras en verdad lo hacía–. Yo soy el típico personaje que empieza siendo bueno y, para aumentar el rating, termina siendo el psicópata.
–Ah, entonces ahora viene la parte donde vos secuestras a la Chicha y luego la persecución que desemboca en la gran explosión final donde vos te morís, nosotros zafamos de pedo, yo hago un chiste boludo y terminamos con la Chicha en pleno fucu–fucu.
–¡Malditas formulas Hollywoodences! –dijo Alberto por no habérsele ocurrido nada mejor a nuestro Autor para que él diga.

Capítulo 18: Noticias de último momento

CONMOCIÓN en General Belgrano: una anciana y un Rottweiler se han visto involucrados en una bestial violación zoofílica. Un grupo de especialistas está investigando que clase de sadismo fue el que la pudo haber llevado a abusar sexualmente del animal. Los dueños declaran: “El daño que esta infame anciana a causado a nuestra familia es irreparable”. Las autoridades no dan respuestas.

Capítulo 19: De lo que aconteció a nuestros héroes al ausentarse el Autor de este relato

–Che, Cholo, me parece que el Autor se fue al baño. Aprovechemos a planear como zafar de esta pelotudez ahora que somos temporalmente libres –dijo Alberto.
–¡Sí! ¡Somos libres! –exclamó, eufórica, la Chicha.
–¡Sí! Como los personajes de Unamuno –agregó un critico literario que estaba leyendo este relato y que funciona en él como el defensor legal de nuestros héroes, motivo por el cual el Autor lo convirtió en personaje–. Pero, ves que no se puede ser libre. Siempre somos presos nuestras influencias: en “Ulises” y en “Crimen y castigo”, por ejemplo, los personajes son libres del autor, pero son presos de sus sentimientos (además Stephen Dédalus es el alterego de Joyce). Si ni los seres humanos, los autores, son libres, porque pretenderemos serlo nosotros. No... no pretendemos serlo ¡Queremos serlo! Somos como niños. Debemos pedirle permiso a nuestro autor, nuestro padre, para movernos. Sin él, no hubiésemos existido –concluyó por fin.
–Si, pero los padres por lo menos les mienten a sus hijos para que crean que el mundo es un lugar justo o les dan tres caramelos a cada uno de los hermanos para que crean que el mundo es comunista ¡Y lo peor es que lo hacen en plena decadencia del comunismo! –dijo Alberto, quien antes de ser personaje literario, había militado en el marxismo.
–Además escuché que el Autor había planeado asesinar a Aristóteles por no permitirle ser el Primer Motor Inmóvil y no hubo forma de detenerlo hasta que le mostraron su certificado de defunción ¿Cómo sabemos que no nos matará a nosotros? –preguntó el Crítico.
–Vamos a tener que hablar con él.
–Si, pero callémonos, porque ahí viene –dijo la Chicha.

Capítulo 20: Donde se transcribe un ensayo que el señor Crítico escribió en el momento más esquizofrénico de su vida, el cual entregó a nuestro Autor para liberarse del hechizo mediante el cual este último lo convirtió en un personaje literario, y al cual tituló: “Ensayo (no tan) filosofal” que es donde se cuentan las cosas que el lector leerá si es que continúa leyendo este imberbe texto

Voy a escribir un ensayo filosofal –a falta de piedra (o de envido)–. No sé muy bien sobre qué, pero bueno, ustedes comprenderán (que no me comprendo ni yo, por eso hago poesía que rima con Oceanía que es la capital de Australía donde uno se saca fotos con Cocodrilo Dandy y si sos Badía podes pagar con los australes que antes solían circular en la Argentina).

Supongo que hablaré de la edición de mi divertimento teopolítico al cual he denominado “Jesucristo nuestro señor (feudal)” en Capital Federal, pero la historia de ese libro es breve: lo quemaron. Ya lo dijo Marx: “Todo lo sólido se desvanece en Buenos Aires”, lo cual nos remonta a la Inglaterra Isabelina en la que Shakespeare se disfrazó de Marlow para relatar la historia de Fausto y así poder rescribirla bajo el nombre de Goethe y contar la historia de estas extrañas metamorfosis disfrazado de Woody Allen que es un paranoico (lo cual es comprensible en alguien que haya sido tantas personas). Y ahora que lo pienso, ni siquiera estoy seguro de no ser Woody Allen y créanme no lo digo por mi innegable talento sino más bien por mi humildad, lo cual me encierra una paradoja que me convierte inescrutablemente en un ser –al igual que Hamlet– contradictorio. Pero bueno ¡Aguante Jorge Dorio!

Le conté a mi psicólogo lo difícil que me era ser Shakespeare, pero él me dijo sabiemente: “No, a lo sumo serás un Jorge Bucay venido a menos”, demostrando con sus palabras mucha coherencia, ejercicio antagónico a la psicología, por lo que descubrí que el dicho sujeto no era psicólogo y con el rostro de una persona estafada me paré y me fui caminando, aunque –cabe aclarar a mis lectores– lo hice haciendo uso de mis piernas y no mi rostro de persona estafada, pues quienes hayan intentado caminar con el rostro (sea éste el de una persona estafada o no) coincidirá conmigo en que es harto difícil e insalubre.


Capítulo 21: Sobre l
o que pasó después

–Oh Chicha, he de secuestrarte –dijo Alberto.
–Oh Alberto, bien lo sé –respondió la Chicha.
–Oh Chicha, he de salvarte –agregó el Cholo.
–Oh Cholo, bien lo sé –respondió la Chicha, nuevamente.
–Oh Chicha, han de secuestrarte y de salvarte –dije yo.
–Oh Narrador, bien lo sé –dijo la Chicha quien después de decir lo que yo dije que ella me dijo me reconoció y me siguió diciendo:
–Che, yo a vos te conozco, sos el narrador de El Quijote.
–Bueno sí –dije modestamente.
–Primero trabajaste con Cervantes y ahora te venís a laburar con el pelotudo de Autor.
–Y bueno, che. Hay que ganarse el mango.
–Ay me firmas un autógrafo –me dijo Alberto.
–No. Sabato no me deja. Le respondí.
–¿Qué? ¿También trabajas para Sabato?
–Si, me llamo Narrador, Omnisciente Narrador, mucho gusto.
–Che, si se dejan de joder y se ponen a seguir el argumento que para eso les pago –dijo con imberbe enfado nuestro tiránico Autor.
–¿Nos pagas? –gritamos todo a viva voz–. Pero si te vamos a hacer un juicio con el sindicato de personajes literarios y te vamos a dejar en la lona, autorcito de cuarta.
–¿Ah, sí? –preguntó el tirano– ¿Cómo van a hacer si ya me compré a Lázaro de Tormes, el presidente de su maldito sindicato?
–¿Con qué lo compraste? –preguntó la Chicha.
–Con una puta –respondió el Autor infame–. Pero si quieren los mando a México de vacaciones a filmar algunos párrafos.
–¿Qué hacemos? –preguntó Alberto.
–Y... vamos y listo –respondió el Cholo.
–Ma’ si –dijimos todos.

Capítulo 22: De cómo y con cuanto cariño recibieron a nuestro héroe en México

Al poner el Cholo el pie fuera del avión recibiolo no sin descortesía un caballero que le dijo:
–Escúchame, requeterecontrachamaquelote, dame toda la lana que tengas o te vuelo el requetenopensante zapallote.

A lo que el Cholo con una melancólica sonrisa le dio un sweater y le dijo:
–Tenga señor cuyo nombre no me han permitido las circunstancias preguntarle, y le ruego que lo cuide con el mismo esmeró con que lo tejió mi abuelita pues esta es la única lana que tengo.

El mexicano le respondió:
–Dáme la guita, pibe.
–¿Pero no sos mexicano? –inquirió nuestro héroe.
–Si, boludo, vengo de México, entre Cordoba y Av. Libertador.

Diole, afligido, el Cholo, cuanta guita poseía y al advertir que se hallaba en la localidad de Batán, retornó a su Buenos Aires querido (no sin rememorar el genealógico árbol de su inestimado Autor)

Capítulo 23: Breve suceso arqueológico latino que pondría en jaque más de una creencia histórico–literaria

Catón, Catulo y Tuno se acompañaron juntos hasta la Roma a tomar sus felices desayunos en Max Dónalis. Y a eso, y por la ventana, se asoma, una dama a ver quien es quien por su casa pasa.

Pregúntale Catulo por amor y ella gozosa se da a la respuesta. Y entonces se adelanta Catón a quien ella le dice de este modo:
–CATON, TU NON.
Y él lloró.
Profierió, entonces, Tuno:
–¿PVTA, TV NOS AMAS?
Y la dama contestó del siguiente modo:
–IETA, TVNO, TE PARTO MISSERARABILE.
Y él partió en Jet a la parte arábica del Mississippi.
–TVS TETIS TANPAL BESVM –agregó Catulo y se fue.

Capítulo 24: Donde se narra el trágico final del relato del Cholo, la Chicha y Alberto, y en donde el Lector creerá que el asesino es el mismo Alberto, mientras ignora que Mickey Mouse y Jack “el destripador” son, a la larga, la misma cosa

–Pobre de ti, ¡Oh, dulce Cholo!, pues ignoras que al regresar tú a la porteña Capital donde impera el Nuestro Rey de cada día te aguardará la más terrible de todas las vidas –dijo Alberto, con tétrico acento de Glaciar Perito Moreno cuando se rompe.
–Pobre de mi. ¿Qué nueva desdicha me aguarda? –dijo el gran Cholo con copiosa angustia.
–¡Deberás cocinar en cada cena papas fritas para veinte personas! ¡Güajajajajajaja! –respondió Alberto quien siempre tartamudeaba al intentar con vano esfuerzo pronunciar la palabra “guajira”.
–¡Alberto es el asesino! –dijo el Lector.
–¡Calláte y seguí leyendo! –amonestó el Autor más lamentable después de Juan Boscán.
–¡No, eso no! ¡Por el amor de San Petersburgo! ¡Si así ha de ser mi vida, la muerte prefiero! – dijo el Cholo, momentos antes de ser asesinado por un chihuahua que en su afán de ser un Rock Star se tiró del noveno piso del edificio que por sobre nuestros héroes se erguía y fue a aterrizar en la chólida sabiola.

–Bien, muerto el héroe no los necesito para nada –dijo el Autor más ilustre de la historia de nuestras letras.
–En vano será tu adulación, maldito Narrador, –dijo quien no quiero que me mate–. Mickey, son todos tuyos, muchacho.

Alberto, Narrador y Chicha murieron destripados por el abominable Mickey Mouse, quien horas después escapó a la Ciudad de Orlando donde actualmente trabaja como objeto de atracción turística. El señor Crítico alcanzó cierta fama tras haber sido el primer hombre en la historia cuyas obras póstumas fueron publicadas estando él todavía vivo. Cuatro años después el INCUCAI recibió un paquete con las cenizas de la Madre del Cholo, firmado por ella misma.
El japonético sujeto que por allí pasaba llegó a ser presidente del Perú. El vendedor de hot dogs, por su parte, formó, alegremente, una familia muy prospera con el tipo que andaba por ahí. El Lector, en este momento, está leyendo el destino de los personajes de un texto que no está muy seguro de haber comprendido del todo, mientras que el Autor, tampoco.

Apéndice: Obras cumbres de los personajes más destacados de la novela

"Don Sancho Carliuchi ‘el Cholo’ Chávez de Chivilcoy, currículo de vida" por él mismo

Hola, me presento: yo soy Sancho Carliuchi Chávez, aquel músico del que tanto se habló la semana pasada. Sí ése. El único del planeta que puede interpretar la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven en guitarra con el milagroso resultado de no acertar siquiera un tono.

"Los libros y uno (vistes)" Reseña bibliográfica por Alberto

La deliciosa compilación antológica denominada El gusto por la poesía, ha dado durante años a sus lectores textos tan ricos en retórica, como en vitaminas.

Durante los días que siguieron a la presentación de este volumen, el público lo recibió con un gran escepticismo. Pero el tiempo le deparaba un nuevo rivobete y tardó en convertirse en un clásico de nuestra literatura.

Aunque el gerente de marketing había declarado que el mismo se vendería como pan caliente, el editor Rómulo Ramón Ramírez, fiel a sus principios ortodoxos, jamás aprobó dicho operativo, argumentando que el ciudadano promedio puede diferenciar sin dificultad un libro de poemas, de un miñón recién sacado del horno.

No obstante, alberga entre sus páginas al exquisito poeta Albertino Segismundo del Zapallo, quien en unas de sus más memorables rimas declara: “Al microonda / ser mala honda, / yo doy retorno, / por ende, al horno”.

En fin, que lo disfruten y buen provecho.

"Autobiografía (no autorizada)" por la Chicha

El auto nació, aunque les pese, bajo la forma de un cuatriciclo. Y fue creciendo hasta que Henry Ford lo inventó. Y el resto ya lo saben.


sábado, 1 de marzo de 2008

Bóteme con confianza




















Yo nací de mi madre por el culo
del mundo que se caga en todo y todos;
narco-corcho soy y me creo chulo;
date vuelta y te cojo por los codos.

Sonrío con colmillos de vampiro,
vendo merca, la prohíbo y me postulo,
soy más capo, capando, que De Niro
y menos recto que, en el recto, un rulo.

Soy chorizo que se vende por un voto;
del Chicago bonaerense, y Crotto,
soy cabeza de la pija del alcalde.

Me empapelo el verde orto con biyuya
canosa –gentileza de mi yuta–,
señores, vótenme. Eduardo Duhalde.

Benedicto, Malerecto XV
























De Benedicto escribo la presente,
sin más motivo que cantar su fama
de un hombre que Dios ama
y esparcirla hasta el quinto continente
de un mundo que lo adora y que lo aclama:

El santísimo Ratzinger y excelso,
sabio anciano de bárbara nevada,
ya por su estocada,
al converso confunde con Luzbelso
y al moro, con morcilla y ensalada.

La injusticia lo pone muy histlérico
(ya desde joven de ese cáliz bebe,);
y, al mirar a la plebe,
si, en la paz, no halla paz, se pone bélico
con un nazionalismo que conmueve;

Y tan sensible es que lo entristece
saber que, hoy en día, aún hay desventuras,
y con miras futuras
le alegra dar fin –si es que pudiese–
a la pobreza, al judaísmo, a su amargura.

Este Papa le ganó al Diablo la guerra
que, al verlo, dormir quiso el sueño eterno
en su modesto averno.
¿Con tal santo imperando nuestra tierra,
a quién le asustará su manso infierno?

Por piadoso, por longevo y enrollado
lo nombró el Vaticano San Pío “Nono”
y trocó al hombre en mono
y creyó que era Israel, muy extasiado,
de Auschwitz sucursal fiel a su trono.

Fotos del magnánime Arbuto o Arbuto, el Supino, como se lo conoce en Emiratos Árabes Unidos