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jueves, 28 de mayo de 2009

De algo hay que vivir



¿Cómo no sentirse tan Ramón Ortega en sus luchas contra los corsarios y su alma de navegante cuando uno mira el mar? Esta es quizás una de las tantas preguntas que Quique, el joven aprendiz peluquero, jamás se hizo. Para él como para tantos otros la vida se resumía en las dos salchichas descarnadas que se habían acomodado en el agua estancada del hervidor y que, como nadie las sacaba, habían decidido establecer en él un microsistema orgánico de los más fecundo.

¡Pobre de Quique! Los autos lo empapaban de barro en la peluquería le decían “Preyeso, asesino de cabezas”. Su clientela disminuía a pasos escalofriantes y Mirta los había abandonado por el verdulero de la esquina. Quique intentó explicarle que lo de él y el verdulero fue sólo una aventura y le juró que no volvería a suceder. Pero para Mirta eso había sido el fin. Eso y que dejara destapado el dentífrico cada vez que se lavaba los dientes. También en esto intentó excusarse el pobre Quique argumentando que no se los lavaba casi nunca. Pero fue en vano. Todo fue en vano. Quique ahora no tenía destino en el mundo.

Una cálida mañana de Febrero mientras paseaba por la peatonal una gitana le leyó la mano y se asombró al ver en ella el número de teléfono de su tía Carolina: “452mmmmmmmm” dijo la gitana imitando a Susana Giménez. Luego, con un pañuelo, le limpió a Quique el sudor de la frente y agregó: “Tú tendrás una hija, mocito, y la llamarás Bola de Lomo” y después se fue caminando a paso lento ante los desconcertados ojos de Quique que la veía perderse entre las multitudes. Y fue entonces que al volver a mirarse la mano sucedió algo que realmente lo sorprendió: la gitana le había robado el reloj.

Durante meses y meses sólo resonaban en su mente aquellas desconcertantes palabras “Tú tendrás una hija, mocito, y la llamarás Bola de Lomo”, “Tú tendrás una hija, mocito, y la llamarás Bola de Lomo”, “Tú tendrás una hija, mocito, y la llamarás Bola de Lomo”, como un hipnótico sonido que lo suspendía en un estado de inacción del que no saldría hasta el mes de Julio. Porque fue en ese mes que conoció a Julieta, la novia del hombre que tenía puesto su reloj. “Esta es la señal -se dijo Quique-, ella será la madre de Bola de Lomo”. “¿Bola de Lomo, me oyes? -grito a los cielos- he encontrado en quien gestarte” y tomando a Julieta del brazo recibió una piña de su novio (el de Julieta) que lo mandó al hospital con fractura de tabique y todo. ¡Ahora sí que el pobre Quique no necesitaría lavarse los dientes porque apenas si le quedaban!

En el hospital fue a visitarlo Mirta para recordarle que la bombacha que había quedado en la canilla era de ella pero que no la pensaba ir a buscar porque el bosque de moho entorno a las salchichas le daban nauseas y para contarle que se había arreglado las lolas pero que él no se las podía tocar por lo del dentífrico y el verdulero. Porque lo del dentífrico era cierto, no lo usaba casi nunca, además ese era ya un problema sin vigencia puesto que de aquí en más no lo necesitaba por lo de la piña del novio de Julieta, muchacha agraciada y de buen corazón. Pero aquello del verdulero... Mirta le dijo que le había dolido más a ella que a él (que no era poco). Pero que estaba dispuesta a volver con él si él le daba un hijo. Allí nomás, en la cama del hospital se trenzaron en un abrazo que se fue tensionando hasta resultar en una niña a la cual Quique imploró llamar Bola de Lomo.

Así fue que nació la niña y Quique acarició el rostro de Mirta mientras advertía algo raro en su piel, la rasguñó y le tiró la piel sólo para advertir que era una máscara tras la cual vio el rostro libidinoso del verdulero de la esquina. “¡Mi hado se ha cumplido!” gritó Quique, y así fue.

martes, 3 de junio de 2008

Virginia



















A Facundo E. Giménez, quien hace unos años condescendió
amablemente a escribir este cuento conmigo.

Sus ojos se ahogaban en el negro torbellino del café. El bar era un bar pero era tantas otras cosas: era un café con dos terrones de sal de margarita con pétalos pares, era una, eran dos colillas de cigarrillo aplastándose contra los ceniceros, sus mesas eran cuadrúpedas fieras indómitas y sus peldaños eran los años de una escala al vacío, lleno de nada enamorada y pasto y flores, un sauce, un río. ¿Porqué estaba mal? ¿Quién era? ¿Porqué nacían de la cristalina laguna de sus ojos esos hilos de lágrimas manchadas del negro del rimel? Hola, ¿Cómo te llamás? Virginia ¿Estás bien? Sí, gracias. ¿Querés hablar? No, estoy bien, solamente quiero estar un rato sola.

Y después, nada. Los días pasaron entre camisas, maletines, lapiceras robadas de congresos, tibias brisas que subían y subían, y vinos manchados de tango, caminando de acá para allá, tal vez olvidando, quién sabe, a la triste mujer del bar, tal vez recordándola en rostros que no fueron suyos, hasta que finalmente la calle los devolvió enfrentados, en mitad de la vereda. ¿Azar? ¿Destino?, quién sabe. Sin pensarlo mucho, ya estaban sentados en otra mesa, con otro café y otra conversación, más animada que triste. Él jugaba a llamarse de miles de maneras. Ella era irremediablemente Virginia, pero le gustaba que le diga Cecilia, Carla, Lola, y así, hasta los más guturales y extravagantes nombres, esos que se ponen por descuido (o por maldad). En medio de una ceremonia de bautismos profanos, la tarde se hizo pequeña para tanto silencio que Virginia guardaba, y cuando, por fin, le preguntó por su verdadero nombre, él le anotó su número de teléfono. Entonces, se marchó.

Y después, nada. Sólo los días que se le atragantaban en el pecho. Los días que Virginia se contuvo antes de marcar su número, largos, interminables y con un secreto horror acosándola desde muy adentro. ¿Hola? Hola, Virginia. ¿Sos vos? Sí. Y la noche los encontró juntos, cercanos, desnudos.

Luego la historia los hace tan Virginia y otros, tan suyos, arrulladamente suyos, tan tibios sobre la cama, esperando la luz del día, tan Luis, tan Pedro, tan Rudesindo, tan sin nombres. Y ella siempre Virginia. Su casa era solitaria.

Luego, hubo lunas y camas que interrumpen la noche, dentífricos compartidos, lentas despedidas, casi despedidas, que no terminaban jamás, y que con cada mirada, y que con cada falta, se renovaban con mayor fuerza. Hubo entre los dos un eterno cenicero, cenas improvisadas, arduas combinaciones de cartas, acertijos en la oscuridad, cielos estrellados, pequeños celos, pequeños poemas, larguísimas ocupaciones y texturas y sudor y fuego y caricias y curvas y sombras y velas y altares y colchones a la intemperie, e íntimas y secretas marejadas sobre lo desnudo, y serenatas a la hoguera de la piel, arterias en flor, y susurros al oído deshilados en un “te quiero”. Y un secreto que Virginia no se animó a contarle.

¿Dónde estuviste ayer? No sé, estuve haciendo cosas. ¿Qué cosas? Nada, tramites. ¿Qué tramites? Son cosas mías. Se sientan y hay un silencio. La cocina se inundaba de silencio, la habitación se hizo pequeña, los reproches se condensaban en el aire. Entonces, ella se paró. ¿Querés arroz? Bueno. Luego las palabras fueron volviendo, el perdón le empezó a rogar reproches. El arroz estaba pegado. Hubo gritos. Silencios ensordecedores. Él se paró. Si me querés te espero en la plaza a las diez. Se fue.

Como diez azotes en el pecho, sonaron las campanas de la catedral. La noche comenzó a envolver la plaza, deshaciendo las últimas gotas de luz con un lúgubre silencio de sepulcro. Crepuscularmente, las hamacas detuvieron su eterno péndulo, los bancos solitarios se poblaron de rocío y las piedras mohosas se fueron perdieron en la oscuridad; las palomas ya se habían marchado hacía ya mucho tiempo. Él la esperaba, pero ya eran las diez y no había llegado. Pensó en ella: su memoria era el recuerdo del olvido.

sábado, 26 de abril de 2008

Esperando el verde cielo

Rodolfo Gutiérrez, sujeto de erudición incuestionable en el estudio astronómico, esperaba vanamente que el cielo se vuelva verde, porque, después de todo ¿quién puede descansar en paz, sabiéndose ajeno a un hecho tan majestuoso?

Infatigable como era, Gutiérrez pasaba largas horas contemplando el aspecto del cielo por el cual desfilaba una infinita gama de colores, tonos y brillos, de los cuales ninguno se aproximaba siquiera al verde. De este modo, vio el firmamento vestido de celeste, de azul marino casi negro, de blanco, de anaranjado, de violeta y hasta de rojizo, pero jamás de verde. Daba pena verlo cada mañana, compando minuciosamente los tonos de varias fotos y films que él mismo le había tomado al cielo, deseoso de encontrar en ellas el deseado color verdoso.

Cada tanto, visitaba los bares contenedores de ebrios parroquianos, con el desesperado fin de que alguno de ellos descubra, aunque más no fuera, el verde resultante de la yuxtaposición del amarillo de la foto del amanecer de aquel 7 de abril y del azul negruzco que imperó en las pascuas de 1983. Pero era en vano. Nada más encontraba el ingenioso Rodolfo que negativas entre negativos y colillas de cigarrillos de dudosas marcas.

Un buen día, sin embargo, en el bar “Caritas indignadas”, glamourosisimo antro subalterno del barrio de Caseros, cuyo seno alberga a esa clase de personas que rebajan el whisky “Chivas” con gaseosa cola barata, hecho éste que el buen Gutiérrez jamás llegó a mirar del todo bien, debido a su imperante astigmatismo, ya resignado a renunciar al hecho que hubiese podido ser el más esplendoroso de su exhaustiva existencia, comprendió su error y se manifestó (sabedor de haber desperdiciado su vida tras haberla encausado en tal vana esperanza) del siguiente modo:

–¡Cómo no se me había ocurrido antes: el verde es el único color del cielo. Siempre fue verde y siempre fuimos daltónicos! –conclusión que le mereció la burla de cuanto parroquiano allí se embriagaba y hasta un botellazo que el “Carozo” Reinoso le arrojó complaciendo el unánime pedido de los presentes.

Tras un tsunami de llanto Gutiérrez retorno arduamente a su morada, que no era sino una terraza hermosa de un hermoso rascacielo, ubicado en el centro de la ciudad. Este vertiginoso espacio le había permitido en el transcurso de los años no perder de vista el cielo (lo cual es importante si es que uno desea vislumbrarlo). Obvio es que no contaba con un mecanismo que lo despierte en el caso de que tal suceso aconteciere, situación que lo obligaba al penoso sacrificio de filmarlo durante su período de reposo nocturno –¡cuántas veces deseo Gutiérrez que tal cosa le hubiesen regalado quienes se deshacían de la obligación de escoger un obsequio con la infame y apresurada elección de un velador violeta que bien servía para alumbrar (Gutiérrez jamás le negó este merito), pero no para anunciar el verdor celeste!–. Sin embargo, era en esos momentos cuando soñaba. Y cuando esto sucedía, su viaje onírico se manifestaba en un cielo que adquiría un color verdoso, pero –para su desdicha– este hecho sucedía en el momento en el que él estaba soñando que el firmamento se enverdecía, motivo que le imposibilitaba contemplar tal milagro.

lunes, 10 de marzo de 2008

La verdad sobre la trágica muerte de Ana Aldana Villamediana

Te lleno con mi aliento
y vas tomando la forma de una mujer,
pero seguís fría,
pero seguís mía,
escondida en un cajón,
pero sos mía...
Te hicieron para cualquiera
pero sos mía...
sos mi muñequita.
Tu boca
parece querer decirme algo...
¡Oh! Y en tu boca nace el silencio.
Tu etéreo cuerpo brillante como el sol
y tus rozados en insípidos pechos
son sólo míos... ¡Míos y de nadie más!
Recuerdo cuando estábamos solos...
yo moría y vos nacías.
y luego morías, cuando yo resucitaba.


¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con su asesinato? Comenzaré por decir que no recuerdo el día que la conocí, que la elegí. Sólo recuerdo que era una pluma y que desde ese día fue sólo mía. Tampoco recuerdo porque le fui infiel, pero lo hice, la traicioné, la cambié. No podía ni imaginarme que esto iba a terminar como terminó. Con su cuerpo frágil sobre la cama, vacío. ¡Ay! Ana Aldana, que ingrato fui. Como iba yo a sospechar lo que iba a hacer. ¿Cómo pude matarte?

No sé cuando, pero te vi, oculta tras ese plástico crujiente. Te escondías detrás de la foto de otra, que era como tú, Ana Aldana, pero no eras tú. ¡Oh! Bien sabes que no lo eras, porque eres única entre todas las mujeres.

Ese día te hice mía, te hice mujer y tú con esa carita de asombro mirabas la nada, susurrabas largos silencios ocultos tras el crujido de tu piel. Y te engañé. Te engañé con cualquiera, con la primera que dijera que me quería, con la primera que me mintiera. Y tú estabas ahí cuando lo hacíamos, tú nos escuchabas, nos mirabas, y nunca me lo reprochaste. ¡Qué vil traidor resulte ser al matarte! Lo siento, Ana Aldana, pero no puedo evitar que las lágrimas corran por mis mejillas al figurarme el rostro tierno con que me miraste, ese rostro de cordero que se deja matar sin reproches. ¡Tal santidad alcanzaste! Y te maté.

Un día no eras la misma, estabas triste, cansada. Sólo entonces descubrí la belleza de tus ojos, ocultas tras los rayos de seda que deshilaba con mis dedos. ¿Cómo pude matarte? No lo sé, pero lo hice. Te maté, pero más me maté a mí, porque sin ti, mi vida es peor que la muerte. Tus labios de rubí eran el agua que me aliviaba de las quemantes injusticias del mundo. ¡Oh! Ahora comprendo la hondura de mi ingratitud, de mi incomprensión.

Al observar tu exótica belleza, al descubrirla después de tantos meses de engaños, no pude encontrar a nadie que la igualara. Descubrí también que me gustabas cuando callabas porque estabas como ausente. Así era, aunque esas palabras eran de otro, de cuyo nombre no quiero acordarme. Ay de ti, Ana Aldana, ay de ti. ¿Por qué? ¿Cual fue el motivo? ¡Oh! sólo tu lo sabes, Ana Aldana, sólo tu y nadie más.

Aún recuerdo el día en el que te llevé a pasear por Parque Lezama. ¡Oh, bien lo recuerdo, Ana Aldana! Recuerdo que todos te miraban con aire de extrañamiento. Ay de quien halla visto antes otra belleza cual la tuya, ¡Oh, amada Ana Aldana Villamediana! ¿Cómo me hubiese imaginado en aquel entonces que habría de matarte? Pero lo cierto es que lo hice ¡Y con qué despecho!

Recuerdo cuando te llevé al trabajo para que me mires, para mirarte, simplemente eso. Pero el inspector Amadeo Etchegaray me echó al día siguiente. Entonces tu no estabas conmigo, pero lo estabas, ¡Oh, si, Ana Aldana! Bien sabes que lo estabas.

Volví a casa para encontrarte y te encontré, te encontré en la cama... ¡Con mi amigo! ¡Por el amor de San Jesucristo el muy Nazareno! ¡Tal cosa veían mis ojos! Pero no entre. Cerré la puerta cautelosamente, me escondí en la cocina y esperé a que se fuera. Y tal como hacen los traidores, él huyó velozmente de mi casa, tan secretamente como había entrado. Entonces volví a entrar en el cuarto y allí estabas, Ana Aldana, allí estabas con tus labios empapados en un esperma ajeno y vil. Tu pelo, hilo de seda, estaba quebrado, arrugado, estropeado. Por tu cuerpo danzaban las cristalinas esferas del sudor y tu entrepierna, que había sido sólo mía, ya se había dividido más de la cuenta. Perdóname, Ana Aldana, pero no tuve más remedio que tomar aquel sádico miembro de caucho, que descansaba en nuestra mesita de luz y atravesar con él tu pecho. Y bien sabes que cuando lo hice, se oyó un trueno ensordecedor y entonces, sólo entonces, Ana Aldana, podías decir que estabas realmente pinchada.

Y así fue. Oh, bien sabes que así fue, Ana Aldana. También sabes el dolor que sentí cuando abría tu pecho. También sabes con que dolor te enterré –¡Oh, Ana Aldana!– en el jardín del patio cual si fueras una perrita. Oh, bien sabes que fuiste una perrita por lo que me hiciste, Ana Aldana.

Los días no pasaban más, duraban años y yo –¡Si, Ana Aldana, bien oíste, dije yo!– me sentí triste, como triste es la vida de las ruedas de los camiones que aplastan sapos en la ruta 2. Fui, entonces, a la orilla del río solo y bien solo que estaba, Ana Aldana, solo como un perro. Y entonces... llegó él...

Estaba trotando por la rivera y me vio ¡Ay de mí, Ana Aldana, ay de mí! Aún recuerdo con que despecho me dijo: “Leo, ayer pasé por tu casa, no estabas. Así que como vi la muñeca y tenía ganas, te la agarré, la pinché y casi la reviento”.

Granada

Granada, luna gitana, cauce oculto de suspiros, bajo sus piedras, el Darro, sobre cielos, zafiros. Anda un gato entre las tejas, los t...