
I“¿El río es siempre el mismo o cambia siempre?”
se preguntó una vez el griego frente al río
y el mundo se partió en sus dos mitades
que después se olvidaron de sí mismas.
IIY ahora
que sólo el olvido puede perdurar,
miro la ciudad
y la veo caer como una gota
en sus redes enredadas de metal,
las redes que ella misma se tejió,
manojos de calles que no van a ningún lado,
hechas de un cemento
que en ningún lugar empieza…
Y es como París, pero más sombría
y es como Venecia, pero llena de camellos.
La calles se tragan mis ojos y mis zapatos,
las gomas de los autos y el sol de febrero
y exhibiendo destellos platinados
montados para siempre sobre ruedas
anda, viene, sube y va.
La ciudad, enredada hasta la axila,
calefaccionada por el pelo
bruñido de una niña.
La ciudad, encerrada en el corpiño
que una puta se destapa
y luego cae al cielo
y es como una suelta de palomas
que se escapan de los pechos más impuros
los únicos que pueden ser reales…
Y pasa un intendente de armadura de almidón,
y naufraga un cibernauta en camisas cuadrillé
y ofertas de cartón en la pantalla…
y el programa en que bailan los gorriones
que se llenan los labios de café
como diciendo un slogan
de esos que parecen muy robados
de una firma que fabrica detergentes.
IIIA la hora de la siesta
veo la calle sentado en el cordón de la vereda
y mientras quiebro una ramita entre los dedos
oigo caer desde fondo del olvido
la incierta pregunta que Heráclito repite…
y es un hombre jugando a ser un niño
y las calles son el río
que son otras siempre y nunca cambian,
y el cemento, la materia del olvido.