viernes, 22 de agosto de 2008

Pebeta porteña



Pebeta cantame tu tango porteño,
cantá con tu canto la noche y el sol
que siento en tu canto el canto de un sueño
que sueño contento si pienso en tu amor.

Porteña querida, pebeta de mi alma
ya siento que clama tu voz de gorrión
que siento que canta la luz que me ama
del sueño que sueño, soñando con vos.

Pebeta porteña, arrabal en flor,
mi vida y mi muerte, en tu bandoneón,
ya tus labios rojos, puñal de cantor,
abrieron mi pecho con una canción.

Tu canto altanero que tanto recita
tu boca en un sueño rubí de cantor.
Tu canto te sueña, tu voz me lastima,
me cierra la puerta de tu corazón.

Pebeta porteña quebraste mi alma,
quemaste tu leña en mi corazón.
Tu boca te sueña, tu canto me llama,
tus ojos son señas de mi perdición.

Ya siento que mi alma se tiñe de encanto
Al ver a esa rosa, oculta en tu voz
que quiere quererme y no quiere tanto
Teñir con su rosa la boca que doy.

Pebeta del barrio, porteña querida,
tu boca es mi vida y tu canto es mi amor.
Escondo mi anhelo en tu voz herida,
tu canto cansado y mortal de gorrión.

Tu canto altanero que tanto recita
tu boca en un sueño rubí de cantor.
Tu canto te sueña, tu voz me lastima,
me cierra la puerta de tu corazón.
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El cornovalito II

Capítulo inaugural de la segunda parte vuestra narración preferida que se llamará “Cornovalito II o el Dr. Chihuahua ataca de nuevo”

Sabido es que cuando el Cholo murió, llegó al igual que cualquier otro, al cielo de verdad, lugar bastante más copado que el proyectado por Nuestra Santísima Santidad Ensantizada. A la deriva estaba nuestro héroe por las celestiales autopistas, hasta que, en uno de esos angustiosos días en que el Cholo había caminado por entre las aguas, cosa común entre los mesopotámicos, sucedió que al cielo mismo le salió una verruga. Mirolo el Cholo con honda compasión y le dijo con acento gongorino:

–Oh triste cielo, saber debes que una verruga en tu velo ha florecido.

–Obvio, nene, los cielos somos así –respondió el cielo.

Decir éste que fue interrumpido por un hecho de lo más curioso, y éste fue el de ver el Cholo aproximársele un simpático ángel peronista que no le dijo sino los versos que aquí se transcriben:

–De esta causa yo rezongo, y mirá como te pongo –al tiempo que le sacudió una serie corchazos que fueron a incrustársele a nuestro héroe en su cráneo.

Poco fue lo que duró su agonía y, ya muerto en el cielo, no le quedó otra que asentarse en el infierno. Fue, justamente, en aquellas ardientes latitudes donde se encontró con De Narváez, quien, vistiendo una camisa almidonada y una vinchita de elefante, se quedó mirándolo y le dijo del modo siguiente:

–Esto es un paco.

–¿Lo fumamos? –preguntó el Cholo.

–No –sentenció De Narváez–. No debieras consumir droga, Cholo, pues hay poca y somos muchos.

Dicho lo cual surgió en el Cholo un ferviente interés en el mundo del pensamiento por lo que, tras un arduo razonar, entendió que Sócrates era mortal hasta que se fumó un paco de cicuta aunque, de hecho, el mismo Sócrates no haya existido, pensamiento éste al que la sombra terrible de Sarmiento agregó:

–Cierto es, querido Cholo. Lo mismo que Shakespeare que para mí no existió aunque sin duda fue puto.

–Yo cuando sea grande quiero ser Puto –agregó Dominguito, hijo célebre del célebre Sanjuanino.

–¡Jamás! –sentenció el Padre del Aula al cual se le han dedicado infinitud de glorias y loores.

–Está bien –se resignó a decir Dominguito– si no me dejás ser puto, entonces voy a ser Tribilín.

Y así fue que el Cholo comprendió el error que había cometido al apoyar la campaña de Terráneo:

“¡Oíd mortales la queja de mi alma! ¡Oíd el profundo llanto que aqueja mis sentidos! Heme ahora en mi fama convertido en un pituco de mierda. ¡Ha de la vida! ¿Nadie me responde? ¡Aquí de los antaños que he vivido! La fortuna a mi dicha ha destruido, mis volantes de la coalición cívica mi locura los esconde ¿Por qué el alma que en mejores tiempos supo ser mía, como mía fue su gloria, pertenece ahora a González Oro, Príncipe oscuro del oscuro averno”.

Y fue en diciendo estas palabras que San Pedro se apiadó y lo llevó de vuelta al cielo, donde el Cholo juró retornar al camino que jamás debió haber abandonado: la recta vía del justicialismo.

Al regresar al cielo por segunda vez, encontrose el Cholo con el hecho que mayor felicidad le causaría en las postrimerías de los tiempos: darle un abrazo a su querido General Perón. “Porque para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” había dicho Juan Domingo en ocasiones pretéritas. Y fue así que, lloroso y sin dejar de abrazarlo, el Cholo le dijo al Pocho:

–Mire como ruge la leonera, mi General. Dos potencias se saludan.

Enunciación no del todo afortunada en la medida que desencadenó en el Cholo una tremenda lluvia de trompadas que sobre él hizo caer José María Gatica.

–Por copión –dijo el púgil dando por terminada la ira que nuestro héroe le había despertado.

Al rato se encontró el Cholo con sus amigos que no veía desde la primera parte de esta historia.

Arbuto lee en "Descartes"

Los presentes videos fueron grabados por Candelaria Barbeira o Candu, para los amigos. A Candu me une tanto el compañerismo como el respeto de saberla una de las más grandes profetas del nacimiento de mi perro Ruffo. Por ella pudieron ser estos videos y a ella van dedicados.

"Descartes" es un encuentro (más o menos) mensual que se realiza en Mar del Plata destinado a reunir gente dispuesta a leer y/u oir literatura (mayoritariamente, son estudiantes de letras aunque dichos eventos son absolutamente abierto al público general). Iniciado por la Doctora Marcela Romano y celebrado ahora por la secretaría de Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón, "Descartes" se realiza en el bar "Dickens" bajo la organización de Daniel Nimes y José Mayor, leonino que hoy 22 de agosto cumplió 28 años.

En la primera ronda de "Descartes" Arbuto leyó algunas de sus sátiras:



En la segunda ronda, dispuesto a remediar el olvido respecto de los tercetos del último soneto, lo leyó completo y narró también el capítulo inaugural de "El cornovalito II":



Damas y Caballeros, eso fue todo.

domingo, 20 de julio de 2008

La promesa



Han vuelto del pasado
mis viejas primaveras...
ya ves, guitarra vieja,
y el mundo sigue en pie
como un rayo de luna
cruzando la barriada,
como una madrugada
sin mate ya y sin fe.

Y no habrá sol que pueda
con tanto invierno helado
si el fuego del pasado
se queda ya sin luz
con tu puñal de adioses
los sueños me arrancaste
del cielo que pintaste
con tu promesa azul,

la promesa de amor
de aquella noche oscura
cuando por la cintura
te quise yo abrazar.
Dijiste que el cariño

eterno me jurabas
mientras que comenzaba
tu barco ya a zarpar.

Fantasmas mortecinos
y sombras encrespadas
se trepan por las alas
de mi desilusión
y apagan, inclementes,
las luces de mi alma
como la vieja arpa
su do-re-mi-fa-sol.

Y no habrá sol que pueda
con tanto invierno helado
si el fuego del pasado
se queda ya sin luz
con tu puñal de adioses
los sueños me arrancaste
del cielo que pintaste
con tu promesa azul,

la promesa de amor
de aquella noche oscura
cuando por la cintura
te quise yo abrazar.
Dijiste que el cariño
eterno me jurabas
mientras que comenzaba
tu barco ya a zarpar.

martes, 1 de julio de 2008

Elogio a un caudradísimo pesado


Tu cuadrado ser, peso al cuadrado,
tu peso pesado, tres pesos pesa.
Pesadez, gordura y pesos besa
tu cuadradismo del peso enamorado.

Los pesos te gustan y eres pesado;
Gordura, en pesado rezo, te reza
la raíz cuadrada de tu rareza
que sólo ve pesos, buen abogado.

Sos tan pesado cual el que taladre,
entre pesos y pesares bien cuadrados,
con palabras, el alma de las cosas.

Da pesos un mal perro que bien ladre,
ser molesto y los muchísimos asados,
las pesadeces que, en ti, son hermosas.

lunes, 9 de junio de 2008

¡Ahora Arbuto también es guionista de comics!!!

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Esta es la portada. El dibujo pertenece a Lautaro Martín a cuyo talento me han unido el azar y el placer de ser su guionista. Esta es la portada de un comic que estamos haciendo juntos.
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martes, 3 de junio de 2008

Virginia



















A Facundo E. Giménez, quien hace unos años condescendió
amablemente a escribir este cuento conmigo.

Sus ojos se ahogaban en el negro torbellino del café. El bar era un bar pero era tantas otras cosas: era un café con dos terrones de sal de margarita con pétalos pares, era una, eran dos colillas de cigarrillo aplastándose contra los ceniceros, sus mesas eran cuadrúpedas fieras indómitas y sus peldaños eran los años de una escala al vacío, lleno de nada enamorada y pasto y flores, un sauce, un río. ¿Porqué estaba mal? ¿Quién era? ¿Porqué nacían de la cristalina laguna de sus ojos esos hilos de lágrimas manchadas del negro del rimel? Hola, ¿Cómo te llamás? Virginia ¿Estás bien? Sí, gracias. ¿Querés hablar? No, estoy bien, solamente quiero estar un rato sola.

Y después, nada. Los días pasaron entre camisas, maletines, lapiceras robadas de congresos, tibias brisas que subían y subían, y vinos manchados de tango, caminando de acá para allá, tal vez olvidando, quién sabe, a la triste mujer del bar, tal vez recordándola en rostros que no fueron suyos, hasta que finalmente la calle los devolvió enfrentados, en mitad de la vereda. ¿Azar? ¿Destino?, quién sabe. Sin pensarlo mucho, ya estaban sentados en otra mesa, con otro café y otra conversación, más animada que triste. Él jugaba a llamarse de miles de maneras. Ella era irremediablemente Virginia, pero le gustaba que le diga Cecilia, Carla, Lola, y así, hasta los más guturales y extravagantes nombres, esos que se ponen por descuido (o por maldad). En medio de una ceremonia de bautismos profanos, la tarde se hizo pequeña para tanto silencio que Virginia guardaba, y cuando, por fin, le preguntó por su verdadero nombre, él le anotó su número de teléfono. Entonces, se marchó.

Y después, nada. Sólo los días que se le atragantaban en el pecho. Los días que Virginia se contuvo antes de marcar su número, largos, interminables y con un secreto horror acosándola desde muy adentro. ¿Hola? Hola, Virginia. ¿Sos vos? Sí. Y la noche los encontró juntos, cercanos, desnudos.

Luego la historia los hace tan Virginia y otros, tan suyos, arrulladamente suyos, tan tibios sobre la cama, esperando la luz del día, tan Luis, tan Pedro, tan Rudesindo, tan sin nombres. Y ella siempre Virginia. Su casa era solitaria.

Luego, hubo lunas y camas que interrumpen la noche, dentífricos compartidos, lentas despedidas, casi despedidas, que no terminaban jamás, y que con cada mirada, y que con cada falta, se renovaban con mayor fuerza. Hubo entre los dos un eterno cenicero, cenas improvisadas, arduas combinaciones de cartas, acertijos en la oscuridad, cielos estrellados, pequeños celos, pequeños poemas, larguísimas ocupaciones y texturas y sudor y fuego y caricias y curvas y sombras y velas y altares y colchones a la intemperie, e íntimas y secretas marejadas sobre lo desnudo, y serenatas a la hoguera de la piel, arterias en flor, y susurros al oído deshilados en un “te quiero”. Y un secreto que Virginia no se animó a contarle.

¿Dónde estuviste ayer? No sé, estuve haciendo cosas. ¿Qué cosas? Nada, tramites. ¿Qué tramites? Son cosas mías. Se sientan y hay un silencio. La cocina se inundaba de silencio, la habitación se hizo pequeña, los reproches se condensaban en el aire. Entonces, ella se paró. ¿Querés arroz? Bueno. Luego las palabras fueron volviendo, el perdón le empezó a rogar reproches. El arroz estaba pegado. Hubo gritos. Silencios ensordecedores. Él se paró. Si me querés te espero en la plaza a las diez. Se fue.

Como diez azotes en el pecho, sonaron las campanas de la catedral. La noche comenzó a envolver la plaza, deshaciendo las últimas gotas de luz con un lúgubre silencio de sepulcro. Crepuscularmente, las hamacas detuvieron su eterno péndulo, los bancos solitarios se poblaron de rocío y las piedras mohosas se fueron perdieron en la oscuridad; las palomas ya se habían marchado hacía ya mucho tiempo. Él la esperaba, pero ya eran las diez y no había llegado. Pensó en ella: su memoria era el recuerdo del olvido.

Granada

Granada, luna gitana, cauce oculto de suspiros, bajo sus piedras, el Darro, sobre cielos, zafiros. Anda un gato entre las tejas, los t...