viernes, 22 de agosto de 2008

Pebeta porteña



Pebeta cantame tu tango porteño,
cantá con tu canto la noche y el sol
que siento en tu canto el canto de un sueño
que sueño contento si pienso en tu amor.

Porteña querida, pebeta de mi alma
ya siento que clama tu voz de gorrión
que siento que canta la luz que me ama
del sueño que sueño, soñando con vos.

Pebeta porteña, arrabal en flor,
mi vida y mi muerte, en tu bandoneón,
ya tus labios rojos, puñal de cantor,
abrieron mi pecho con una canción.

Tu canto altanero que tanto recita
tu boca en un sueño rubí de cantor.
Tu canto te sueña, tu voz me lastima,
me cierra la puerta de tu corazón.

Pebeta porteña quebraste mi alma,
quemaste tu leña en mi corazón.
Tu boca te sueña, tu canto me llama,
tus ojos son señas de mi perdición.

Ya siento que mi alma se tiñe de encanto
Al ver a esa rosa, oculta en tu voz
que quiere quererme y no quiere tanto
Teñir con su rosa la boca que doy.

Pebeta del barrio, porteña querida,
tu boca es mi vida y tu canto es mi amor.
Escondo mi anhelo en tu voz herida,
tu canto cansado y mortal de gorrión.

Tu canto altanero que tanto recita
tu boca en un sueño rubí de cantor.
Tu canto te sueña, tu voz me lastima,
me cierra la puerta de tu corazón.
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El cornovalito II

Capítulo inaugural de la segunda parte vuestra narración preferida que se llamará “Cornovalito II o el Dr. Chihuahua ataca de nuevo”

Sabido es que cuando el Cholo murió, llegó al igual que cualquier otro, al cielo de verdad, lugar bastante más copado que el proyectado por Nuestra Santísima Santidad Ensantizada. A la deriva estaba nuestro héroe por las celestiales autopistas, hasta que, en uno de esos angustiosos días en que el Cholo había caminado por entre las aguas, cosa común entre los mesopotámicos, sucedió que al cielo mismo le salió una verruga. Mirolo el Cholo con honda compasión y le dijo con acento gongorino:

–Oh triste cielo, saber debes que una verruga en tu velo ha florecido.

–Obvio, nene, los cielos somos así –respondió el cielo.

Decir éste que fue interrumpido por un hecho de lo más curioso, y éste fue el de ver el Cholo aproximársele un simpático ángel peronista que no le dijo sino los versos que aquí se transcriben:

–De esta causa yo rezongo, y mirá como te pongo –al tiempo que le sacudió una serie corchazos que fueron a incrustársele a nuestro héroe en su cráneo.

Poco fue lo que duró su agonía y, ya muerto en el cielo, no le quedó otra que asentarse en el infierno. Fue, justamente, en aquellas ardientes latitudes donde se encontró con De Narváez, quien, vistiendo una camisa almidonada y una vinchita de elefante, se quedó mirándolo y le dijo del modo siguiente:

–Esto es un paco.

–¿Lo fumamos? –preguntó el Cholo.

–No –sentenció De Narváez–. No debieras consumir droga, Cholo, pues hay poca y somos muchos.

Dicho lo cual surgió en el Cholo un ferviente interés en el mundo del pensamiento por lo que, tras un arduo razonar, entendió que Sócrates era mortal hasta que se fumó un paco de cicuta aunque, de hecho, el mismo Sócrates no haya existido, pensamiento éste al que la sombra terrible de Sarmiento agregó:

–Cierto es, querido Cholo. Lo mismo que Shakespeare que para mí no existió aunque sin duda fue puto.

–Yo cuando sea grande quiero ser Puto –agregó Dominguito, hijo célebre del célebre Sanjuanino.

–¡Jamás! –sentenció el Padre del Aula al cual se le han dedicado infinitud de glorias y loores.

–Está bien –se resignó a decir Dominguito– si no me dejás ser puto, entonces voy a ser Tribilín.

Y así fue que el Cholo comprendió el error que había cometido al apoyar la campaña de Terráneo:

“¡Oíd mortales la queja de mi alma! ¡Oíd el profundo llanto que aqueja mis sentidos! Heme ahora en mi fama convertido en un pituco de mierda. ¡Ha de la vida! ¿Nadie me responde? ¡Aquí de los antaños que he vivido! La fortuna a mi dicha ha destruido, mis volantes de la coalición cívica mi locura los esconde ¿Por qué el alma que en mejores tiempos supo ser mía, como mía fue su gloria, pertenece ahora a González Oro, Príncipe oscuro del oscuro averno”.

Y fue en diciendo estas palabras que San Pedro se apiadó y lo llevó de vuelta al cielo, donde el Cholo juró retornar al camino que jamás debió haber abandonado: la recta vía del justicialismo.

Al regresar al cielo por segunda vez, encontrose el Cholo con el hecho que mayor felicidad le causaría en las postrimerías de los tiempos: darle un abrazo a su querido General Perón. “Porque para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” había dicho Juan Domingo en ocasiones pretéritas. Y fue así que, lloroso y sin dejar de abrazarlo, el Cholo le dijo al Pocho:

–Mire como ruge la leonera, mi General. Dos potencias se saludan.

Enunciación no del todo afortunada en la medida que desencadenó en el Cholo una tremenda lluvia de trompadas que sobre él hizo caer José María Gatica.

–Por copión –dijo el púgil dando por terminada la ira que nuestro héroe le había despertado.

Al rato se encontró el Cholo con sus amigos que no veía desde la primera parte de esta historia.

Arbuto lee en "Descartes"

Los presentes videos fueron grabados por Candelaria Barbeira o Candu, para los amigos. A Candu me une tanto el compañerismo como el respeto de saberla una de las más grandes profetas del nacimiento de mi perro Ruffo. Por ella pudieron ser estos videos y a ella van dedicados.

"Descartes" es un encuentro (más o menos) mensual que se realiza en Mar del Plata destinado a reunir gente dispuesta a leer y/u oir literatura (mayoritariamente, son estudiantes de letras aunque dichos eventos son absolutamente abierto al público general). Iniciado por la Doctora Marcela Romano y celebrado ahora por la secretaría de Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón, "Descartes" se realiza en el bar "Dickens" bajo la organización de Daniel Nimes y José Mayor, leonino que hoy 22 de agosto cumplió 28 años.

En la primera ronda de "Descartes" Arbuto leyó algunas de sus sátiras:

video

En la segunda ronda, dispuesto a remediar el olvido respecto de los tercetos del último soneto, lo leyó completo y narró también el capítulo inaugural de "El cornovalito II":

video

Damas y Caballeros, eso fue todo.

domingo, 20 de julio de 2008

La promesa



Han vuelto del pasado
mis viejas primaveras...
ya ves, guitarra vieja,
y el mundo sigue en pie
como un rayo de luna
cruzando la barriada,
como una madrugada
sin mate ya y sin fe.

Y no habrá sol que pueda
con tanto invierno helado
si el fuego del pasado
se queda ya sin luz
con tu puñal de adioses
los sueños me arrancaste
del cielo que pintaste
con tu promesa azul,

la promesa de amor
de aquella noche oscura
cuando por la cintura
te quise yo abrazar.
Dijiste que el cariño

eterno me jurabas
mientras que comenzaba
tu barco ya a zarpar.

Fantasmas mortecinos
y sombras encrespadas
se trepan por las alas
de mi desilusión
y apagan, inclementes,
las luces de mi alma
como la vieja arpa
su do-re-mi-fa-sol.

Y no habrá sol que pueda
con tanto invierno helado
si el fuego del pasado
se queda ya sin luz
con tu puñal de adioses
los sueños me arrancaste
del cielo que pintaste
con tu promesa azul,

la promesa de amor
de aquella noche oscura
cuando por la cintura
te quise yo abrazar.
Dijiste que el cariño
eterno me jurabas
mientras que comenzaba
tu barco ya a zarpar.

martes, 1 de julio de 2008

Elogio a un caudradísimo pesado


Tu cuadrado ser, peso al cuadrado,
tu peso pesado, tres pesos pesa.
Pesadez, gordura y pesos besa
tu cuadradismo del peso enamorado.

Los pesos te gustan y eres pesado;
Gordura, en pesado rezo, te reza
la raíz cuadrada de tu rareza
que sólo ve pesos, buen abogado.

Sos tan pesado cual el que taladre,
entre pesos y pesares bien cuadrados,
con palabras, el alma de las cosas.

Da pesos un mal perro que bien ladre,
ser molesto y los muchísimos asados,
las pesadeces que, en ti, son hermosas.

lunes, 9 de junio de 2008

¡Ahora Arbuto también es guionista de comics!!!

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Esta es la portada. El dibujo pertenece a Lautaro Martín a cuyo talento me han unido el azar y el placer de ser su guionista. Esta es la portada de un comic que estamos haciendo juntos.
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martes, 3 de junio de 2008

Virginia



















A Facundo E. Giménez, quien hace unos años condescendió
amablemente a escribir este cuento conmigo.

Sus ojos se ahogaban en el negro torbellino del café. El bar era un bar pero era tantas otras cosas: era un café con dos terrones de sal de margarita con pétalos pares, era una, eran dos colillas de cigarrillo aplastándose contra los ceniceros, sus mesas eran cuadrúpedas fieras indómitas y sus peldaños eran los años de una escala al vacío, lleno de nada enamorada y pasto y flores, un sauce, un río. ¿Porqué estaba mal? ¿Quién era? ¿Porqué nacían de la cristalina laguna de sus ojos esos hilos de lágrimas manchadas del negro del rimel? Hola, ¿Cómo te llamás? Virginia ¿Estás bien? Sí, gracias. ¿Querés hablar? No, estoy bien, solamente quiero estar un rato sola.

Y después, nada. Los días pasaron entre camisas, maletines, lapiceras robadas de congresos, tibias brisas que subían y subían, y vinos manchados de tango, caminando de acá para allá, tal vez olvidando, quién sabe, a la triste mujer del bar, tal vez recordándola en rostros que no fueron suyos, hasta que finalmente la calle los devolvió enfrentados, en mitad de la vereda. ¿Azar? ¿Destino?, quién sabe. Sin pensarlo mucho, ya estaban sentados en otra mesa, con otro café y otra conversación, más animada que triste. Él jugaba a llamarse de miles de maneras. Ella era irremediablemente Virginia, pero le gustaba que le diga Cecilia, Carla, Lola, y así, hasta los más guturales y extravagantes nombres, esos que se ponen por descuido (o por maldad). En medio de una ceremonia de bautismos profanos, la tarde se hizo pequeña para tanto silencio que Virginia guardaba, y cuando, por fin, le preguntó por su verdadero nombre, él le anotó su número de teléfono. Entonces, se marchó.

Y después, nada. Sólo los días que se le atragantaban en el pecho. Los días que Virginia se contuvo antes de marcar su número, largos, interminables y con un secreto horror acosándola desde muy adentro. ¿Hola? Hola, Virginia. ¿Sos vos? Sí. Y la noche los encontró juntos, cercanos, desnudos.

Luego la historia los hace tan Virginia y otros, tan suyos, arrulladamente suyos, tan tibios sobre la cama, esperando la luz del día, tan Luis, tan Pedro, tan Rudesindo, tan sin nombres. Y ella siempre Virginia. Su casa era solitaria.

Luego, hubo lunas y camas que interrumpen la noche, dentífricos compartidos, lentas despedidas, casi despedidas, que no terminaban jamás, y que con cada mirada, y que con cada falta, se renovaban con mayor fuerza. Hubo entre los dos un eterno cenicero, cenas improvisadas, arduas combinaciones de cartas, acertijos en la oscuridad, cielos estrellados, pequeños celos, pequeños poemas, larguísimas ocupaciones y texturas y sudor y fuego y caricias y curvas y sombras y velas y altares y colchones a la intemperie, e íntimas y secretas marejadas sobre lo desnudo, y serenatas a la hoguera de la piel, arterias en flor, y susurros al oído deshilados en un “te quiero”. Y un secreto que Virginia no se animó a contarle.

¿Dónde estuviste ayer? No sé, estuve haciendo cosas. ¿Qué cosas? Nada, tramites. ¿Qué tramites? Son cosas mías. Se sientan y hay un silencio. La cocina se inundaba de silencio, la habitación se hizo pequeña, los reproches se condensaban en el aire. Entonces, ella se paró. ¿Querés arroz? Bueno. Luego las palabras fueron volviendo, el perdón le empezó a rogar reproches. El arroz estaba pegado. Hubo gritos. Silencios ensordecedores. Él se paró. Si me querés te espero en la plaza a las diez. Se fue.

Como diez azotes en el pecho, sonaron las campanas de la catedral. La noche comenzó a envolver la plaza, deshaciendo las últimas gotas de luz con un lúgubre silencio de sepulcro. Crepuscularmente, las hamacas detuvieron su eterno péndulo, los bancos solitarios se poblaron de rocío y las piedras mohosas se fueron perdieron en la oscuridad; las palomas ya se habían marchado hacía ya mucho tiempo. Él la esperaba, pero ya eran las diez y no había llegado. Pensó en ella: su memoria era el recuerdo del olvido.

domingo, 25 de mayo de 2008

Narciso
























Los sueños siguen soñando,
las aves entrando en vuelo
y la noche que anochece
sigue soñando esos sueños.

Ya el sol se va confinando,
se va ocultando en sus velos,
se va apagando en el mar
con su azul cristal de fuego.

Y el reflejo de los puntos
blanquecinos de los cielos
con sus líneas van trazando
la leyenda de Perseo,
del León y de Amaltea,
de los Peces y el Carnero.

Y en sombra de la noche
de ese lago tan desierto,
entre mitos y leyendas,
entre espadas de oro negro,
como el sol en cada tarde,
Narciso se va muriendo.

Capítulo especial de “El cornovalito”




Donde se narran los simpáticos sucesos que acaecieron al tatarabuelo del Cholo y que dieron lugar a las rivalidades entre dos familias de bien


Un suceso de particular relevancia a sus propósitos es, sin embargo, detallado por un historiador. Se trata de Amílcar Pueyrredón quien en su "Historia de la Argentina y otras pelotudeces que nunca terminan de explicarnos por qué seguimos viviendo en un país de mierda cuando podríamos ser potencia mundial y cagarnos a tiros con los turcos como cualquier otro país civilizado" narró el dicho suceso, el cual estoy haciendo un poco de tiempo antes de detallar. Concluido el tiempo previamente mencionado, me urge señalar que se trata de un fragmento dónde se define a el Chulo Carliuchi como un hombre sencillo del campo a quien le tocó en suerte ser mazorquero del mismísimo Restaurador de las leyes, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, primer federal, terror del unitario, de-jey de "Sobremonte" e ilustre defensor de los usos y las costumbres más cristianas que pudieren encontrarse en la guerrilla norkoreana. Sí, señores, estamos hablando del mismísimo Don Juan Manuel de Rosas.

Muchas anécdotas hay allí del Chulo y de su noble rama genealógica, relatos que van desde la vez ilustre que su padre, el Chalo, le hizo creer al mismísimo general Liniers que era una gallina hasta el que narra a su nieto, el Chelo, practicando la natación sobre cemento fresco con Hipólito Irigoyen. Hay, sin embargo, una de especial relevancia para comprender la angustiosa situación de la familia Carliuchi y la de la liga Chihuahuas antiperonistas unidos, rivalidad que se proyectará de aquí en más hasta terminar con la muerte del Cholo como resultado del saynomoriano perro que se le tiró encima desde el noveno piso de su edificio.

Harto ya de tan descriptivo prefacio respecto a la pelotudez que se narrará, comenzaré a narrarla no sin antes mandarle un saludo al lector que me está leyendo.

Ahora bien. Sucediole alegremente al Chulo un hecho que le alegró la rodilla izquierda y éste fue el ver una sombra aproximársele en un caballo con montura inglesa. Prevenido como estaba, sacó el Chulo una especie de lazo de chorizos que en el matadero le habían dado y derribó con especial maestría al jinete misterioso, no sin antes agregarle un poco de chimichurri que, según afirmó después, añadió al cuadro cierto aire de color local.

Solitario y nostalgioso porque perdió su caballo, el jinete adivinó las mazorqueras intenciones del Chulo y sentenció:

–¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los perros, salvajes Unitarios! ¡Vivan los gatos, civilizados Federales! ¡Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra! ¡Viva don Juan Manuel de Rosas! ¡Mueran Lavalle y "el manco" Paz! ¡Viva Casán! ¡Muera Barbieri! ¡Patria o muerte! ¡Picado fino o picado grueso! ¡Corazón y sudor, pero no olor!, etc.

Al ver el Chulo las tantas y tan grandes señas que el cristiano daba de ser del palo y corroborando que se trataba de un chihuahua cuya descendencia pondría fin a la suya propia pensó para sí «será perro, pero no unitario» y acercándosele con cariño cazolo del cogote y llevolo a lo del Restaurador para que este último lo inquiera.

–Mi vida es perra –comenzó a defenderse el chihuahua con humilde orgullo– pero mi espíritu no lo es. Si en el futuro llegare a surcar mi corazón color ajeno al que Rosas, mi señor, ha asignado a todo hombre ajeno al degeneramiento laico que los unitarios intentan imponernos, no esperaré de Dios más que un magnánimo castigo que dé ejemplo a quienes se nieguen a vestir el rojo-punzó que se ha mandado.

–¡Callate taita cuzco salvajón! –lo reprendió el Chulo.

Durante unos minutos de silencio, el Chulo lo miraba con el ceño fruncido y el escarbadientes en la oreja. Bajó el chihuahua la cabeza. Los otros mazorqueros miraban el silencio del Restaurador. El Restaurador allí estaba, tal cual lo describe Borges, pero un poco más regordete y con una carie en un molar inferior izquierdo. Solamente se oía en la quietud de aquella pampa infinita, de aquel desierto inconmensurable, una voz aflautada que el Chulo dejó caer de su upite sin perder siquiera su estatuaria postura de cojudo federal.

Después de algunos segundos más ordenole al can que explicase al Restaurador por qué montaba en silla inglesa y no traía puesta la mencionada insignia rojo-punzó. Y éste respondió del modo siguiente:

–No la llevo en mi pecho, porque la llevo en mi corazón –dicho éste que provocó las lágrimas de los mazorqueros sentimentales que allí se amuchaban–. En cuanto a la silla inglesa en la que montaba, se la robé a Robbie Williams cuando salió del camarín.

–¡El unitario salvajón que fornicó a la Granata! –sentenció enfurecido don Juan Manuel de Rosas.

Y dicho esto, de nada sirvieron las apelaciones que el Chulo hiciere más tarde respecto a la anacronía del cánido relato.

–No se hable más –terminó diciendo el Restaurador–. Qué se arme otro truquito con flor y contra flor.

Así fue el comienzo de una historia que dividirá a dos familias. Desde entonces, Chihuahuas y Carliuchis fueron legando sus rencores a cada nueva generación que el tiempo trajese, rencor aderezado con el firme y perverso propósito de disputarse el puesto al que sólo perros traidores y mazorqueros pueden aspirar… el de Ministro de educación y cultura de la Nación.

Continuará…
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sábado, 3 de mayo de 2008

Entre la bruma



















Si la luna diluye entre la bruma
los rayos de jazmín que deshilaba
y dos pétalos caen sobre la almohada,
sólo resta contar a quien los suma.

Si la vida es un sueño que se muere,
y el mundo, un laberinto sin salida,
la tiniebla es un beso que se olvida
de decirle a la tierra lo que quiere.

¿Cómo aplacar al mar y su latido,
cómo encerrar la edad en un instante,
cómo volver a ser en lo que he sido

sin perder el camino por delante,
si lo único que escapa de la suerte
son los reinos del tiempo y de la muerte?

El polvo de tu gloria















Si de la silicona sos estuche
y del lifting la tabla de planchar,
y, si no te empezás a depilar,
parecés un osito de peluche,

me apiado del mortal aquel que luche
por ganarse la guita que gastás
y del tiempo costoso que tirás
al oído del pobre que te escuche.

No duran para siempre los peinados;
si de las modas se acuerda la historia,
ignora casi siempre a sus ganados.

No sea que, en la tumba, tu memoria
sean dos pechos de plástico enterrados
en el polvo del polvo de tu gloria.

sábado, 26 de abril de 2008

Esperando el verde cielo

Rodolfo Gutiérrez, sujeto de erudición incuestionable en el estudio astronómico, esperaba vanamente que el cielo se vuelva verde, porque, después de todo ¿quién puede descansar en paz, sabiéndose ajeno a un hecho tan majestuoso?

Infatigable como era, Gutiérrez pasaba largas horas contemplando el aspecto del cielo por el cual desfilaba una infinita gama de colores, tonos y brillos, de los cuales ninguno se aproximaba siquiera al verde. De este modo, vio el firmamento vestido de celeste, de azul marino casi negro, de blanco, de anaranjado, de violeta y hasta de rojizo, pero jamás de verde. Daba pena verlo cada mañana, compando minuciosamente los tonos de varias fotos y films que él mismo le había tomado al cielo, deseoso de encontrar en ellas el deseado color verdoso.

Cada tanto, visitaba los bares contenedores de ebrios parroquianos, con el desesperado fin de que alguno de ellos descubra, aunque más no fuera, el verde resultante de la yuxtaposición del amarillo de la foto del amanecer de aquel 7 de abril y del azul negruzco que imperó en las pascuas de 1983. Pero era en vano. Nada más encontraba el ingenioso Rodolfo que negativas entre negativos y colillas de cigarrillos de dudosas marcas.

Un buen día, sin embargo, en el bar “Caritas indignadas”, glamourosisimo antro subalterno del barrio de Caseros, cuyo seno alberga a esa clase de personas que rebajan el whisky “Chivas” con gaseosa cola barata, hecho éste que el buen Gutiérrez jamás llegó a mirar del todo bien, debido a su imperante astigmatismo, ya resignado a renunciar al hecho que hubiese podido ser el más esplendoroso de su exhaustiva existencia, comprendió su error y se manifestó (sabedor de haber desperdiciado su vida tras haberla encausado en tal vana esperanza) del siguiente modo:

–¡Cómo no se me había ocurrido antes: el verde es el único color del cielo. Siempre fue verde y siempre fuimos daltónicos! –conclusión que le mereció la burla de cuanto parroquiano allí se embriagaba y hasta un botellazo que el “Carozo” Reinoso le arrojó complaciendo el unánime pedido de los presentes.

Tras un tsunami de llanto Gutiérrez retorno arduamente a su morada, que no era sino una terraza hermosa de un hermoso rascacielo, ubicado en el centro de la ciudad. Este vertiginoso espacio le había permitido en el transcurso de los años no perder de vista el cielo (lo cual es importante si es que uno desea vislumbrarlo). Obvio es que no contaba con un mecanismo que lo despierte en el caso de que tal suceso aconteciere, situación que lo obligaba al penoso sacrificio de filmarlo durante su período de reposo nocturno –¡cuántas veces deseo Gutiérrez que tal cosa le hubiesen regalado quienes se deshacían de la obligación de escoger un obsequio con la infame y apresurada elección de un velador violeta que bien servía para alumbrar (Gutiérrez jamás le negó este merito), pero no para anunciar el verdor celeste!–. Sin embargo, era en esos momentos cuando soñaba. Y cuando esto sucedía, su viaje onírico se manifestaba en un cielo que adquiría un color verdoso, pero –para su desdicha– este hecho sucedía en el momento en el que él estaba soñando que el firmamento se enverdecía, motivo que le imposibilitaba contemplar tal milagro.

Una balada de invierno


















A Guille Donato

Suelta el día su voz de despedida
y las sombras que se fueron, pero están,
bailan valses como niebla, en las esquinas
de una vida que no viene, pero va.

La avenida emblanquecida por la luna
mira, oscura, la amargura de la mar
que susurra en la canción que la desnuda
el silencio que adormece la ciudad.

Hojas muertas van cruzando la vereda
y el crepúsculo en la noche de cristal
se hunde como sombra en la alameda
y a sus pies se recuesta a agonizar.

Pasó el verano fugaz

como un rojo atardecer
y el otoño al renacer
el suelo quiso fraguar
y quiso el sol apagar,
poniéndole un velo al cielo
con nubes de terciopelo
oscuras como el carbón
que se desangran al son
de una balada de invierno.

Blues de la luna ardiente

















Al Meñu y a Juliano por ponerle onda y música, respectivamente.


Se incendia la luna
de fuego y alcohol
nostalgias y cosas
borrachas de rock.

Y pasan las horas
se apaga mi voz
¡Qué triste es el cielo
cuando sube el sol!

El bar está solo
y sólo yo estoy
escuchando un blues
que sangra de amor.

Tomando una birra
pensando en los dos
muriendo de a poco
llorando por vos.

viernes, 25 de abril de 2008

Vuelta al pueblo

























I


“¿El río es siempre el mismo o cambia siempre?”
se preguntó una vez el griego frente al río
y el mundo se partió en sus dos mitades
que después se olvidaron de sí mismas.

II

Y ahora
que sólo el olvido puede perdurar,
miro la ciudad
y la veo caer como una gota
en sus redes enredadas de metal,
las redes que ella misma se tejió,
manojos de calles que no van a ningún lado,
hechas de un cemento
que en ningún lugar empieza…

Y es como París, pero más sombría
y es como Venecia, pero llena de camellos.

La calles se tragan mis ojos y mis zapatos,
las gomas de los autos y el sol de febrero
y exhibiendo destellos platinados
montados para siempre sobre ruedas
anda, viene, sube y va.

La ciudad, enredada hasta la axila,
calefaccionada por el pelo
bruñido de una niña.

La ciudad, encerrada en el corpiño
que una puta se destapa
y luego cae al cielo
y es como una suelta de palomas
que se escapan de los pechos más impuros
los únicos que pueden ser reales…

Y pasa un intendente de armadura de almidón,
y naufraga un cibernauta en camisas cuadrillé
y ofertas de cartón en la pantalla…
y el programa en que bailan los gorriones
que se llenan los labios de café
como diciendo un slogan
de esos que parecen muy robados
de una firma que fabrica detergentes.

III

A la hora de la siesta
veo la calle sentado en el cordón de la vereda
y mientras quiebro una ramita entre los dedos
oigo caer desde fondo del olvido
la incierta pregunta que Heráclito repite…
y es un hombre jugando a ser un niño
y las calles son el río
que son otras siempre y nunca cambian,
y el cemento, la materia del olvido.

domingo, 20 de abril de 2008

El gil de la colina

video
Versión libre de "The fool on the hill" de Paul McCartney para The Beatles (hecha, como es natural, por Arbuto).

Al despuntar
se fue a caminar
con su sonrisa de loco
y la mirada en el mar;


ya nadie sabe su nombre,

ni qué mundo inventará,
ya nadie sabe qué piensa,

pero el gil al clarear

ve la luna bajar
y sus ojos en paz
ven al mundo girar.

Vio al llegar
al monte quizás
el mundo desde la cima
y ya no quiso bajar.

Su vida era solitaria
tan lejos de la ciudad;
y nadie escucha su pena,


pero el gil al clarear

ve la luna bajar

y sus ojos en paz

ven al mundo girar.

Hoy día no habla con nadie
y nadie le quiere hablar;
él sabe lo que ellos piensan,


pero el gil al clarear,

ve la luna bajar

y sus ojos en paz

ven al mundo girar.

Nunca les hizo caso,
los giles son los demás,
pero ellos ya no le importan,


porque el gil al clarear

ve la luna bajar

y sus ojos en paz

ven al mundo girar.

El hombre y la muerte



























A Franchu Raimondo, por ayudarme a estrenarla


Personajes:

  • HOMBRE, especie similar al cíclope pero de inferior estatura y con dos ojos.
  • MUERTE, personificación de una abstracción que representa la cesación o término de la vida.

ACTO ÚNICO

Escena única

(Hombre, solo. En cualquier parte)

HOMBRE: (al público) Heme aquí desfalleciente
agonizando mi vida
tan larga y tan dolorida
y a la espera de la muerte. (entra Muerte)

MUERTE: (a Hombre) Nunca más has de esperarme
porque a tu puerta llegué
a decirte lo que sé
y te conviene escucharme.

HOMBRE: (a Muerte) ¿Nunca más veré la luna
ni la sombra que descose
el cielo claro del día,
desvistiendo sus colores?

MUERTE: Al contrario, amigo mío,
tu vida será la noche.

HOMBRE: ¿Es usted la muerte mía?
MUERTE: (irónica) No, soy el “Cholo” Simeone.
HOMBRE: No me gusta la ironía.
MUERTE: Entonces no me interrogue
tamaña pelotudez
que el tiempo valioso corre.

HOMBRE: Una dama a mí me espera
¿Podré acaso redimirme
por hurtar de su cartera?

MUERTE: Esa dama no te espera
pues mi boca la ha besado
y mi voz la ha despertado
del vil sueño de la vida.
Se encontraba en una orgía
con cristianos y otomanos.

HOMBRE: Y yo –pobre de mí–
que me hallaba enamorado.

MUERTE: El amor es cosa vil
pues al hombre lo apoltrona
el saber que no es amado,
y a la dama la desflora
el saber que si lo es
y después la deja sola.

HOMBRE: Heme triste y engañado
¡Qué manera de morir!
Estando de ella exiliado,
estando ella en la tumba
y no morir a su lado.

MUERTE: ¿Junto al fiambre morir quieres?
HOMBRE: Tal es cierto, muerte mía.
MUERTE: Puedes morir junto al queso
que cerca de ella yacía
que en la vida todo es uno
funeraria y fiambrería

HOMBRE: ¿Con mayonesa incluida?
MUERTE: Si el señor deja propina.
¿Trato hecho nunca deshecho?

HOMBRE: Si.
MUERTE: Dese por satisfecho. (se van)

Telón.

miércoles, 16 de abril de 2008

"VORTICVS" (una banda loberense con la re-onda)


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Una banda de rock que ensaya, una leyenda que renace


Voz: Lautaro Godoy Chaparro
Primera guirarra: Santiago Domínguez
Segunda guitarra:
Andrés Figueiredo
Bajo: Martín Mercado
Batería:
Cobil Elizaicín
Manager: el Cardio

Y ahora... chupate esta mandarina...

video
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De izquierda a derecha: Martín, Cobil, Andrés, el Cardio, Lautaro y Santiago
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lunes, 14 de abril de 2008

Oda al tren de la alegría





















A Romina Acosta, por bancarme en el verano.

Ay del tren de la alegría
que pulula la ciudad
y que ha visto tantas veces
a Minie y a Spidermán.

Cada día en la avenida
cuando lo veo pasar
y una cumbia me recita
me entran ganas de llorar.

Pobrecito del trencito
que por el tránsito va
esparciendo teletubies
por toda la peatonal.

¿Quién sabe en nuestro futuro
qué héroes ostentará?
Entre todos yo señalo
mi adhesión a Supermán.

Se murmura que al momento
Winie Puh será papá,
y hasta dicen que su hijo
digno hijo de Puh será.

lunes, 31 de marzo de 2008

Unas pocas palabras sobre la identidad latinoamericana



























Es hora ya de re-pensar en Nuestra América. Las fronteras nacionales han servido para separar a las naciones europeas, porque son innecesarias. En la mayoría de los casos no hay mejor frontera que el idioma porque ‘la lengua es compañera del imperio’ (decía Nebrija) y resistencia de su cultura (agrego yo). A lo sumo, los Países Vascos, por dar un ejemplo, constituyen auténticas y delimitadas naciones (aunque carezcan de fronteras nacionales propias), porque guardan en su impermeable lengua el profundo sentido de su identidad. Mientras conserven su idioma, el alcanzar su legítima independencia será sólo cuestión de tiempo.

En Nuestra América la lengua no separa nada. Aquí las fronteras culturales son difusas y muchos límites hallan su razón de ser en los caminos que trazaron los colonialistas por meras cuestiones geográfico-económico-gubernamenetales, en desmedro de los límites culturales precolombinos. Estas cuestiones han perjudicado enormemente el reconocimiento de la identidad nacional, imprescindibles para poder consolidar nuestras naciones.

Así, por dar un ejemplo cercano, el argentino es un ‘tano’ llorando en un tango a su ‘mama’ que descansa allá, tras el inconmensurable océano, tras el naciente; también es un paisano arriando vacas en la pampa; también es un kolla que pierde horas en la aduana para ir a Bolivia y luego volver a entrar; también es un mapuche expropiado; un guaraní que más bien parece un\n paraguayo nacido en el noreste argentino, etc. Creo, en este punto, que sólo la literatura puede dar cuenta de la compleja identidad americana, dejando de lado cualquier provincianismo (siempre restrictivo y difuso).

domingo, 30 de marzo de 2008

A través del universo

video
Traducción octosilábica de Across the universe de John Lennon para The Beatles realizada por Arbuto

Las palabras van cayendo
como lluvia interminable
sobre un vaso de cartón
y se rajan mientras pasan,
deslizándose a lo lejos
a través del universo.

Las lagunas de tristeza
y las olas de alegría
van viajando a la deriva,
cruzando mi mente abierta
poseyéndome y cuidándome.

“Jai Guru Dei Va (1)” Ohm (2)...
Nada cambiará mi mundo...
nada cambiará mi mundo...

Imágenes de luz rota
prestan danzas ante mí
como un millón de ojos
que me llaman tantas veces
a través del universo.

Las ideas serpentean
como un viento bullicioso
por adentro de un buzón,
dando tumbos deslumbrados
mientras se van desplazando
a través del universo.

“Jai Guru Dei Va” Ohm...
Nada cambiará mi mundo...
nada cambiará mi mundo...

Los sonidos de las risas
y los tonos de la tierra
me van rodeando por dentro
de mis visiones abiertas,
incitando e invitándome.

El amor ilimitado
e inmortal da su brilla
por todo mi alrededor
como un millón de soles
que me llaman tantas veces
a través del universo.

“Jai Guru Dei Va” Ohm...
Nada cambiará mi mundo...
nada cambiará mi mundo...

----------------------
(1) Del sánscrito: “Larga vida al gurú Dev
(2) Mantra hindú.
.

Saga a Ruffo



























A Ruffo, el perrito más glamouroso del Mercosur

I

Negros manto de ternura
con colmillos de clavel,
rojos ojos que me queman,
alma templada de Zen,
oreja copiosa en lana,
pies fornidos de correr,
dulce y candombero cánido,
que en la noche no se ve,
sos bombón de chocolate,
trozo “doggie” de café.

II

Dulce pelo de esponjosa textura,
ojos quemantes de ardiente fuego,
mirada de cristal severa luego
de ver pasar un auto, tu negrura.

Ladrido de plata, pose de hierro,
la sombra de tu sombra no te encuentra:
se va cuando llegás; cuando te vas, entra
tu vida perreada, vida de perro.

Tu olfateado hocico olfateadero
olfatea el “off” contra mosquitos,
destroza los trozos de tus trocitos,

bebe bebidas de tu bebedero.
pero, son sus orejotas, perrito,
orejas de orejisimo infinito.

III

Perro, cual Sansón, fuerte es tu brilloso pelo,
de pulgas y de liendres, la más negra ribera;
naufraga en tu esplendor aquel sedoso velo
de raftas que florecen en tu gran cabellera.

Sobrevuelas los cielos, aleteando orejas,
¡Pegaso encanizado de la voz varonil!
Vas ladrando a los autos y frunciendo entrecejas,
gran e intrépido cánido de carácter senil.

Quisiera yo seguirte en tu viaje al Helicón,
ver manantiales nacer al golpe de tu paso,
contemplarte imperioso en el alto Parnaso

donde roes los huesos de Deucalión,
mientras la musa Clío te acaricia gustosa,
y Apolo te deleita con su lira armoniosa.

El rocker



























Cuento aquí, del rocker, alharacas

con que se cambia el rock por numeracos;

su cara seca cuenta los morlacos

de sus copas que llena con petacas.


Se cura con alcohol de las resacas

y escupe frases hechas por guanacos

su casa templo es de los vinacos

más aun que el dios Baco y sus bellacas.


Él cumple con las cuotas financistas;

y, por ser exiliado de laburos,

saca discos con ecos panfletistas.


A juzgar por sus trajes tan oscuros,

más hacen por su fama los modistas,

que por el duro rock, rosqueros duros.

Quinetetos desesperados






















Cuando me quema el frío del invierno
la noche en que de tanto madrugar,
como un hierro en la fragua de Vulcano,
como un rayo de luz crepuscular,
amaneció el verano más temprano...

Despierto cuando es tarde para hablar
y callo la verdad que me desmiente
duermo el sueño de un sueño desvelado
cuando me quema el frío nuevamente
del hueco que se ha hundido a mi costado.

El cielo es un relámpago escarlata
y la vida una rosa que agoniza
y se apura mi sombra a no hacer nada
y el cálido susurro de la brisa
que vuelve a descansarme la mirada.

Poesía, que eras luz, verdad y vida
y llamabas las cosas por su nombre
¿Con qué vas a rimar amor ahora,
ahora que me canso de ser hombre
adicto a los espejos y a la hora?

Poesía, se me ha muerto el yo más mío,
he perdido la nostalgia y el pasado
y he caído rendido en el camino
de un destino que va hasta ningún lado
y muere en un vacío repentino.

Al maestro Joaquinete























Joaquinete deslumbra con su lumbre,
alza torres de fuego entre la bruma,
asciende del infierno hasta la cumbre
del palacio del reino de la espuma.

Se entretiene, reniega, se entristece,
dibuja con la pluma una sonrisa,
se adormece en la luna que lo mece
y lo guarda del vicio de la prisa.

Pinta versos al tono de su pinta
ríe y vive, sufre y sangra tinta
se va hilando en los pétalos que corta.

Y alucinado por el whisky y por el vino
esboza algún un guión de Tarantino
con suspiro andaluz de García Lorca.

viernes, 28 de marzo de 2008

Candombe de carnaval












Bajo un metatumulto de mulatas,
condimenta el candombe la milonga
y con bombos, con tachos y con latas,
va cantando la garza que rezonga.

Llega el eco cubano de la conga
del songo, de la rumba y las bachatas
¡que se ponga a bailar el negro tonga!
¡que se oigan los tones de las batas!

¡que empiece la murga y la chamba!
¡que empiece la murga, caramba,
que quiere retemblar toda la arena!

¡que no afloje el tambor de batucada!
¡que despierte la murga acompasada,
al ritmo de la América morena!

miércoles, 12 de marzo de 2008

San Cayetano Godino



























Un tanguito a la memoria de Cayetano Santos Godino


Pobrecito, el petisito,
San Cayetano Godino,
de vela en vela pasaba
iluminando la noche.
Orejudo, chiquilín,
que en la punta de un piolín
amarró sus ilusiones.

Nadie te quiso entender,
ni quererte pudo nadie,
te dejaron destrozado,
relleno de pena y sangre,
con el alma en el cajón
de un clavo desubicado
que un malandra te afanó.

Pobrecito, Cayetano,
pobrecito de verdad,
tan chiquito y orejudo,
y huérfano de ciudad.


Te guardaron en la tumba,
te cortaron la alegría,
respondiste “No es mi culpa,
si la tierra yira y yira”.

Pobrecito, el petisito,
pobrecito y sin mamá
que le diga que lo quiere
y que lo quiera de verdad.


Cuando la noche era fría
la podías calentar
con la petaca curdera
y un fuego del más acá.
Y si ahora aprieta el frío
y un maullidito escuchás
para abrigarlo del sueño
hasta el sol lo acompañás.

Pobrecito, el petisito,
pobrecito de verdad,
tan chiquito y orejudo,
y huérfano de ciudad.

Pobrecito, el petisito,
pobrecito y sin mamá
que le diga que lo quiere
y que lo quiera de verdad.

Fábula de Narciso



















Si no encuentran los acentos,
busquenlós en otros cuentos.


“Estoy harto de que absolutamente
todo lo que use me quede bien,
de que me copien alevosamente
de que me veneren los que me ven.

Muéranse de la envidia, soy Narciso,
el más lindo y más humilde señor,
y aunque todos me amen es preciso
que no me odien por ser el mejor.

¿Espejito quien es el más bonito
–le indagó Narciso al vivaz espejo–
tan bonito que lo miro y deliro?”.

“Eres tú –le respondió el espejito–.
y eres lindo por ser mi reflejo”.
Narciso esa noche se pegó un tiro.

Lolita




















A la memoria de Nabokov


Me quemás con el frío de la duda,
me encendés con la lágrima del sueño,
me abrigás con la luz que me desnuda,
me mentís que soy tu esclavo y tu dueño,

me cambiás por cualquiera en cualquier lado,
me mirás con la mesa entre los codos,
me ignorás, me dejás enamorado,
me querés como no quisiste a todos.

Me olvidás en tus ojos la mirada,
me cantas tu canción desesperada,
me caes de algún cielo, princesita.

Mi bálsamo de menta, sombra y fuego,
saeta clandestina del dios ciego,
mi paz en el infierno, mi Lolita.

Descubre el poeta los misterios de cierto río que nació de su interior (de un modo u otro)

















A María Julia Alsogaray


Del interior dos amigos
despedí ayer fatigado:
“Chau morocho, chau morocho...”
se los tragó el escusado .

Salieron de mis adentros,
los di a luz y, ya bajando,
por el retrete hasta el Plata,
por ti se fueron nadando,

Riachuelo, triste riachuelo,
porteño Sena apestado,
oro verde de las moscas,
asesino de pescados,

Vomitas peste al mar dulce,
transportista envenenado,
ya no eres frescor del pueblo,
sino colon del Estado.

Si algún forastero se hunde,
gozoso, en tu rostro manso,
altanero y confianzudo,
lo intoxicas por osado.

Y si una dama se arrima,
sin el pulmón abrochado,
en su nariz los jazmines
serán perdido pasado.

Y las moscas que ha un tiempo
hacia ti se iban volando
con tu aliento insecticida
al viento las vas bajando.

“¿Riachuelo, triste riachuelo,
–le dije cual triste bardo–
qué género de sirenas
imitan de tu agua el canto?”

Él se paró tan mugriento
que al enaltecer los brazos
despidió tal pestilencia
que el sol cayó desmayado

y abrió la Boca de modo
que aliento tan enviciado
alentó en la bombonera
sin dejar uno parado.

Cuando por fin soltó palabra,
estaba yo hospitalizado
por lo que envió su respuesta
por sobre certificado:

“Refrescándose en mi vientre,
ayer sirenas cantaban;
por chapuzones hoy cantan
mil sirenas de ambulancia.

Las niñas daban sus cuerpos
a mis aguas con confianza,
hoy me mojan sus mojones
y sus meos se me estancan.

Y a las viejas lavanderas
cuyas prendas yo blanqueaba,
agudo cáncer de olfato,
les provoca mis oleadas.

Y las ninfas que jugaban
eufóricas en mi panza
hoy defecan sus problemas
y por tubos me los mandan”.

Con canto de sirena

Ya no vengas con canto de sirena
a decirte una huérfana de luna,
ni digas que fue sólo la fortuna
quien colmó con tu miel a mi colmena.

Ni trémula te pone, ni me apena
que fuera aquella noche inoportuna,
ni creas que te amé como a ninguna;
ni yo soy Dios, ni vos, mi Magdalena.

Si dejaste el pasado en el pasado,
no me pases la cuenta del pecado,
ni nieves mi verano cuando invernas.

Sólo quise escribirte un mejor verso
y buscar con la boca el universo
del cielo de la boca de tus piernas.

lunes, 10 de marzo de 2008

La verdad sobre la trágica muerte de Ana Aldana Villamediana

Te lleno con mi aliento
y vas tomando la forma de una mujer,
pero seguís fría,
pero seguís mía,
escondida en un cajón,
pero sos mía...
Te hicieron para cualquiera
pero sos mía...
sos mi muñequita.
Tu boca
parece querer decirme algo...
¡Oh! Y en tu boca nace el silencio.
Tu etéreo cuerpo brillante como el sol
y tus rozados en insípidos pechos
son sólo míos... ¡Míos y de nadie más!
Recuerdo cuando estábamos solos...
yo moría y vos nacías.
y luego morías, cuando yo resucitaba.


¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con su asesinato? Comenzaré por decir que no recuerdo el día que la conocí, que la elegí. Sólo recuerdo que era una pluma y que desde ese día fue sólo mía. Tampoco recuerdo porque le fui infiel, pero lo hice, la traicioné, la cambié. No podía ni imaginarme que esto iba a terminar como terminó. Con su cuerpo frágil sobre la cama, vacío. ¡Ay! Ana Aldana, que ingrato fui. Como iba yo a sospechar lo que iba a hacer. ¿Cómo pude matarte?

No sé cuando, pero te vi, oculta tras ese plástico crujiente. Te escondías detrás de la foto de otra, que era como tú, Ana Aldana, pero no eras tú. ¡Oh! Bien sabes que no lo eras, porque eres única entre todas las mujeres.

Ese día te hice mía, te hice mujer y tú con esa carita de asombro mirabas la nada, susurrabas largos silencios ocultos tras el crujido de tu piel. Y te engañé. Te engañé con cualquiera, con la primera que dijera que me quería, con la primera que me mintiera. Y tú estabas ahí cuando lo hacíamos, tú nos escuchabas, nos mirabas, y nunca me lo reprochaste. ¡Qué vil traidor resulte ser al matarte! Lo siento, Ana Aldana, pero no puedo evitar que las lágrimas corran por mis mejillas al figurarme el rostro tierno con que me miraste, ese rostro de cordero que se deja matar sin reproches. ¡Tal santidad alcanzaste! Y te maté.

Un día no eras la misma, estabas triste, cansada. Sólo entonces descubrí la belleza de tus ojos, ocultas tras los rayos de seda que deshilaba con mis dedos. ¿Cómo pude matarte? No lo sé, pero lo hice. Te maté, pero más me maté a mí, porque sin ti, mi vida es peor que la muerte. Tus labios de rubí eran el agua que me aliviaba de las quemantes injusticias del mundo. ¡Oh! Ahora comprendo la hondura de mi ingratitud, de mi incomprensión.

Al observar tu exótica belleza, al descubrirla después de tantos meses de engaños, no pude encontrar a nadie que la igualara. Descubrí también que me gustabas cuando callabas porque estabas como ausente. Así era, aunque esas palabras eran de otro, de cuyo nombre no quiero acordarme. Ay de ti, Ana Aldana, ay de ti. ¿Por qué? ¿Cual fue el motivo? ¡Oh! sólo tu lo sabes, Ana Aldana, sólo tu y nadie más.

Aún recuerdo el día en el que te llevé a pasear por Parque Lezama. ¡Oh, bien lo recuerdo, Ana Aldana! Recuerdo que todos te miraban con aire de extrañamiento. Ay de quien halla visto antes otra belleza cual la tuya, ¡Oh, amada Ana Aldana Villamediana! ¿Cómo me hubiese imaginado en aquel entonces que habría de matarte? Pero lo cierto es que lo hice ¡Y con qué despecho!

Recuerdo cuando te llevé al trabajo para que me mires, para mirarte, simplemente eso. Pero el inspector Amadeo Etchegaray me echó al día siguiente. Entonces tu no estabas conmigo, pero lo estabas, ¡Oh, si, Ana Aldana! Bien sabes que lo estabas.

Volví a casa para encontrarte y te encontré, te encontré en la cama... ¡Con mi amigo! ¡Por el amor de San Jesucristo el muy Nazareno! ¡Tal cosa veían mis ojos! Pero no entre. Cerré la puerta cautelosamente, me escondí en la cocina y esperé a que se fuera. Y tal como hacen los traidores, él huyó velozmente de mi casa, tan secretamente como había entrado. Entonces volví a entrar en el cuarto y allí estabas, Ana Aldana, allí estabas con tus labios empapados en un esperma ajeno y vil. Tu pelo, hilo de seda, estaba quebrado, arrugado, estropeado. Por tu cuerpo danzaban las cristalinas esferas del sudor y tu entrepierna, que había sido sólo mía, ya se había dividido más de la cuenta. Perdóname, Ana Aldana, pero no tuve más remedio que tomar aquel sádico miembro de caucho, que descansaba en nuestra mesita de luz y atravesar con él tu pecho. Y bien sabes que cuando lo hice, se oyó un trueno ensordecedor y entonces, sólo entonces, Ana Aldana, podías decir que estabas realmente pinchada.

Y así fue. Oh, bien sabes que así fue, Ana Aldana. También sabes el dolor que sentí cuando abría tu pecho. También sabes con que dolor te enterré –¡Oh, Ana Aldana!– en el jardín del patio cual si fueras una perrita. Oh, bien sabes que fuiste una perrita por lo que me hiciste, Ana Aldana.

Los días no pasaban más, duraban años y yo –¡Si, Ana Aldana, bien oíste, dije yo!– me sentí triste, como triste es la vida de las ruedas de los camiones que aplastan sapos en la ruta 2. Fui, entonces, a la orilla del río solo y bien solo que estaba, Ana Aldana, solo como un perro. Y entonces... llegó él...

Estaba trotando por la rivera y me vio ¡Ay de mí, Ana Aldana, ay de mí! Aún recuerdo con que despecho me dijo: “Leo, ayer pasé por tu casa, no estabas. Así que como vi la muñeca y tenía ganas, te la agarré, la pinché y casi la reviento”.

domingo, 9 de marzo de 2008

El cornovalito

Una historia de amor donde Cupido se disfraza de “ce-hache”



Capítulo 1: Dónde se transcribe el verdadero Génesis que el pueblo judío ha ocultado del cristiano para poder jactarse de que existe por lo menos un libro que este último no les ha robado

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, no había ni cielo, ni tierra. El mundo era un desierto físico y conceptual.

Dios, quien posee vida eterna, después de pasar una eternidad y media peinando su larga barba y teniendo pensamientos eróticos con Afrodita (entre otras acciones intrascendentes), decidió hacer algo para justificar su lujoso guardarropa y, de paso, ganarle las elecciones de “Mr. Deidad” a Zeus, a Alá y a Woody Allen. Entonces creó una obra de títeres:

El primer día pintó el techo de su cuarto de azul y celeste, y el suelo, de beige (o, mejor dicho, mandó a pintar). Luego, prendió un foco al flamante grito de “Hágase la luz ¡Carajo! Que no veo un corno”. Vio que la luz era buena pues gracias a ella, encontró lo que tanto estaba buscando: su palo de golf. Dios es todo poderoso pero –y esto hay que reconocerlo– tenía pendientes varias causas jurídicas por evasión de impuestos. Tal es el caso que pretendió abstenerse a pagar la luz en su totalidad y decidió hacerlo lo a medias . FEBO fiel a sus principios capitalistas adoptó la medida de hacerle una corte de luz diario. Dicho corte empieza a las 5:30 PM y finaliza 8:30 AM . Este fue el primer día de la creación de lo que con el tiempo se pasaría a llamarse “oficina divina”.

El segundo día, Dios creó el firmamento y separó las aguas de las tierras, de la de los cielos clasificándolas en: aguas, nubes, hielos y relleno para mandarinas transgénicas. Después de todo el tiempo (treinta segundos) y el esfuerzo (rascarse la cabeza) que le había provocado esa honda labor se recostó en el colchón de agua que le había regalado Poseidón, para uno de sus incalculables (incluso por el mismo) cumpleaños, decretados arbitrariamente (por el mismo) como el primero de enero, y el dos y el tres... y así hasta el treintiuno de diciembre. El colchón venía acompañado de una humilde tarjeta que decía: “Todo bien Dios, pero a mí me prometiste todo el mar del mundo y se lo diste a los japoneses, y encima ni me mandaste a nombrar en la Biblia, gil ¿Quién te crees que sos? ”. Este fue el segundo día de la creación de la leche “larga vida”.

El tercer día, reunió, Dios, las aguas bajo el firmamento, haciendo que los ángeles devotos de su ruego cavaran hoyos en la tierra. Estos se llenaron de agua y adoptaron el nombre de océanos, lagos, lagunas, etc. En consecuencia “El Barba” (como le decían en la familia) no pudo utilizar dichos hoyos para su verdadero fin: jugar a la bolilla. A causa de la humedad de aquella precaria tierra, empezaron a nacer diversos tipos de moho. Dios llamó a estas malezas: Flores, frutos, hierbas, arbustos, árboles, etc., las registro como hermosas y se adueñó de la invención. Estas turbias maniobras divinas eran, en realidad, la forma de ocultar el verdadero problema: no tenía herbicidas, ya que gastó los fondos destinados a la adquisición de dicho producto, en la compra de su pentagécimo peine de oro. Este fue el tercer día de la creación de Greenpeace.

El cuarto día, creó Dios el sol, la luna y todas las estrellas (la cruz del sur, el cinturón de Orión, Aries, las de Hollywood, etc., ATC y el TC 2000) Este fue el cuarto día de la fundación del gremio de astrónomos.

El quinto día creo a los pájaros, en el aire, y a los peces, en el agua. Y a pedido de los Japoneses, también creo a las ballenas. Al finalizar el día, contempló la hermosura que había creado, con una hambuergesiada (naturalmente, de pollo y pescado)

El sexto día, creo Dios los animales de la tierra y vio que todo era perfecto.

Y amarillo,
el otoño y verde,
la primavera;

y el invierno,
blanco y el verano
muy azulado.

Pero ¿Qué sentido tenía, que todo sea perfecto? “Tengo que crear algo imperfecto ya que la perfección absoluta es aburrida” pensó, Dios. Además, hasta las divinidades de su talle debían descansar. Así que de muy mala gana, esculpió en un cacho’e tierra quiandaba por áhi, un sereno a quien llamó Adán. Pero éste enseguida sintió la espantosa compañía de la Soledad , y le pidió a su creador:
–Dio’ quiero una mina a mi imagen y semejanza.
–Sólo tenias que pedírmelo, Adán. Nunca me hubiese imaginado que te gustaban los travestíes.
–No Dio’ una mina de verdad, no a mi imagen y semejanza, que sea mina y que esté más buena que yo.
–Está bien –dijo Dios y así fue.

Un día, mientras paseaba por las estrellas, los vio. Todas sus precauciones habían sido en vano. Ellos (primero ella y después él) le habían dado el primer mordisco a la libertad, a la sabiduría, al poder y al deseo, y –¡Oh, colmo de la ingratitud!– no le convidaron.

Capítulo 2: Donde, ya enterados del origen de nuestra especie, se describe algunos hechos que acontecieron durante el nacimiento de Don Sancho Carliuchi “ el Cholo” Chávez de Chivilcoy quien de aquí en más será el protagonista de esta narración

Mientras una chica paseaba un caníchido pichicho, un chileno bailaba una bachata, un charro conocía a una chamaca y un chino enborrachábase con ponche con el vano afán de hacerse el churito ante una checoslovaca que comiendo una chuleta yacía, en las chechenias latitudes, la madre de la criatura que por Cholo llamaremos durante el desarrollo del presente relato, diolo a sombras (pues era de noche). Púsole al chico por nombre: Sancho Carliuchi Chávez de Chivilcoy pues no había nacido sino allí. Resultó, desde su parto, un niño achinchonado de siete kilogramos de estatura por quince grados centígrados de ancho. Tal cosa les hubiese parecido al cuerpo medico que allí se aperplejaba, no más que una leve anormalidad, de no haber sido porque era demasiado notoria para ser leve.

–Señora, usted a tenido un hermoso chimpancé –dijo la partera mostrándole al niño.
A lo que esta primeriza madre quedó helada de la emoción y no se animaba a agarrarlo por lo dicho.
–Agárrelo sin miedo, señora, que los estudios salieron negativos ¡Su hijo no es el bisnieto de Chucky! –y lo despachó en las manos de la maternal dama.
–¿No es lindo? –preguntó la emocionada progenitora.
–Doña – contestó la partera– con decirle que el pediatra ya le dice revista Caras.
–¿Y porque eso, señora partera? –inquirió curiosamente la madre de nuestro héroe.
–Porque de lejos parece Gente.

Fue entonces cuando el tal niño, luego de miles de enbarrosos tramites burocráticos, fue oficialmente reconocido por nuestro Sumo pontífice como un ser que, aunque infame, pertenecía a nuestra pobre raza de mortales.

Capítulo 3: Sobre lo que sucedió en el bautismo del Cholo

Comenzó el padre Carrazquetti del siguiente modo el bautismo del Cholo:
–Estamos aquí reunidos para festejar un día hermoso en la vida de un niño que sin duda no lo es. Pero, porque esa cara de espanto, señora, –dijo a la chólida madre, el párroco– Dios no mira la belleza física, sino nuestro corazón y aunque éste sea deforme, grotesco y horrible como el de este niño, su amor lo hará hermoso; porque no era acaso San Agustín más feo que leer la “suma teológica” de un saque y abajo del agua; la horrenda pelada de San Francisco de Asís, pudo acaso opacar su santidad; o la repugnante corbata de Jorge Lanata evitarle engalardonarse con cuanto Martín Fierro ganó. No, señora, no, así que por favor retírese de aquí con este engendro repugnante.

El Cholo se fue de la iglesia en brazos de su madre sin poder hacerse cristiano y sacóse el chupete para pronunciar lo que serían sus primeras palabras: “¡Qué choto!” y después de un pequeño provechito surgió de su boca un eructo, comparable a un blasfemo tsunami de veinticinco kilómetros de altura, que hizo ceder los cimientos de la catedral Chivilcoyana al punto del derrumbe.

Capítulo 4: Que trata del momento en el que el Cholo y Alberto vieron por primera vez a la Chicha

Cinco años, dos meses, tres días, doce horas y cuarenta y siete minutos después de que el perro del vecino del ortopedista del primo de un amigo con el cual nuestro héroe hizo buenas migas tras haber comido junto a él un sándwich, agitara su rabo por vez primera, vieron por primera vez a la Chicha. Alberto le había dicho al Cholo: “Che Cholo, largá el chori, chamullatelá y mojá tu salchicha en su charco”. Y el Cholo, que de clases sociales nada parecía comprender, se la chamulló de tal modo que tuvo treinta y ocho chicos en dieciocho años (de los cuales no conoció a ninguno, pues los del “Centro de donación de esperma” no le dieron datos precisos que hubiesen sido preciosos para él).

Capítulo 5: Donde se narra lo que pasó cinco años después de lo que se contó, cuando Alberto y la Chicha se habían casado hacía dos días, y al Cholo habían participado

Las nubes estaban azucaradas y rosadas por las rosas enrosecidas y por las caricias del sol, que seguían, como siempre, muy llenas de merengue. Las amables amapolas lo invitaban con su arábico y ambárico aroma a sentarse en el banco blanco de la plaza. La paz irrumpía en el ambiente al compás de las tenues vibraciones de un violín obeso interpretado –¡Oh, paradójico extremo!– por “el Chelo” Delgado. El Cholo recordó a la sazón que allí mismo lo había visto a Alberto junto a ella, por primera vez, por última vez. “¿Cuanto tiempo ha pasado desde entonces?” se preguntó el Cholo. “Dos días” se respondió.

Se estaba lastrando un choripán con chimichurri, entidad culinaria nunca bien ponderada por la aristocracia, y chupaba las últimas gotitas de su chop; y la cheta de la Chicha meta champú y champiñones en su chacra cantry. “Chau” creía decirle el Cholo, pero, la cholula, ya le había chorea’o el corazón. No obstante, se consoló diciendo a media voz: “¡Qué chambona más chanta!”

Capítulo 6: De lo que aconteció al Cholo tras haber sido visto por Alberto

Alberto confundiéndolo con un mendigo, le preguntó “¿Vendes medias, vos?”. El Cholo no contestó y se quedó panchito en su banco blanco.

–Pará, ¿Sos vos, loco? –dijo Alberto.
–Si, soy loco.
–¡Ah! Perdón, loco, ¡qué loco! te confundí con otro loco. ¿Che, quiandás haciendo aquí, loco? –porque desde que ingresó a la alta sociedad no dice más “acá”, mas dice “aquí”.
–Nunca te lo diré, bastardo. Te has casa’o con la dama de mi’ sueño’. ¡Qué te ha pasa’o, hermano! Creí que era’ mi coate. Ere’ un hijo’e perra. Siempre supiste que me gustaba la Chicha. Pero, claro, ahora que ere’ rico no me hace’ ni caso ¿No e’ así, chico?
–¿Porqué hablas tan raro, Cholo?
–Porque esta parte del relato ha sido doblada al español en el Miami bech of American –respondió nuestro chólido héroe.
Y así era, pues las palabras del Cholo fueron dobladas por no desprestigiar a personajes de tal nobleza.
–La vida es como una caja de bomberos, Cholo, nunca sabes cuanta agua a la manguera va a quedar.

Capítulo 7: Sobre cuanto aconteció al llegar la Chicha

Y la Chicha que ya se había comido los champiñones y chupado el champú y el acondicionador y el cianuro y cuanta bebida había en la casa (pues es muy de la alta sociedad tener un alto grado de alcohol en la sangre), llegó borracha a hacer un bochorno ante los interlocutores que en la plaza se habían concertado.

–¡Sal, Chicha! –gritó Alberto enfadado, a lo que un vendedor de hotdogs concurrió cargado con una de mostaza y mayonesa. Alberto la agradeció y le garpó con una guita.
–¡Alberto, viste el pedo de esa mina! –dijo don Cholo.
–¡Cholo, lo vi! –contestó Alberto.
–Cho, tampoco –agregó un japonético sujeto que por allí pasaba– pelo lo olí.

Capítulo 8: Breve pausa publicitaria


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JABÓN “SAN GABRIEL” no sólo te saca la mugre... ¡También te saca la piel!

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Capítulo 9: Breve entremés

Mientras las ramas se meneaban cual rameras presas del rufián viento que, con sus ráfagas, las manejaba, una cierta señorita, detrás de los augustos arbustos, le daba el gusto, a un robusto caballero, de contemplar como su busto se bifurcaba. Horacio, que así se llamaba el robusto caballero, sintió que los pezones de la dama estaban helados por el frío; escarchados al rojo vivo, con saliva bajo cero, pues era invierno. Acto seguido, ella contempla los pezones de él y nada le provocan, por lo que, después de un tiempo, les envía la siguiente carta, levemente soneteada:

–Epístola a los pezones de Horacio–

Queridos y horacianos pezones:
yo me pregunto ¿para qué existen?
A ustedes con corpiños no los visten
y más que ustedes sirven los peones.
¿Señalizan acaso los pulmones?
Sus redondas formas ¿en qué consisten?
Los genes en borrarlos no insisten
y en ningún ser encienden pasiones.
Nada son, no los esconden por eso
tras los bikinis de la vil censura
que a la luz luminosa vuelve oscura
y, al poeta, en el pensar, le da un beso.
Si de nada sirven, desaparezcan
y, en el campo de la nada, amanezcan.

Capítulo 10: De lo que le sucedió al Cholo cuando se fue a confesar

–Padre, padre ¿dónde estás? –gritaba el Cholo en la iglesia.

A lo que un enorme sujeto vestido de negro le dijo con una voz distorsionada:

–Cholo, I’m your father.
–¡No! –dijo el Cholo hasta que lo reconoció y agregó– ¿Dark Vader, sos vos?
–Yes, my fucker boy.
–Pero el guión de “La guerra de las galaxias” está en la biblioteca de al lado, en la negra –continuó el Cholo.
–Che Cholo, nunca subestimes el poder del lado oscuro.
“¿El de la luna?” se preguntó el Cholo. “No, idiota, el del imperio” le contestó su colérico Super-yo.


Capítulo 11: Lo que pasó al llegar una monja

De repente irrumpió en la capilla (que no era la Sixtina pero era de Cuartina) una voz, como de Monja, que, casualmente, era la voz de una monja:
–Hola, soy una monja –dijo la monja con una voz que, irrefutablemente, era de monja.
–Hola. Quiero saber si el cura cura el mal de ojo.
–El cura lo cura.
–Hermana, ¿quién carajo le preguntó si él cura locuras? Mi problema es que aquí hay olor a gato encerrado y eso me trasmite ondas negativas.
–Mi amigo, esas son supersticiones –continuó diciendo Sor Éter–. Sepa que el cristianismo las rechaza, como debería hacerlo usted si como cristiano quiere ser tratado.
–Pero usted no entiende ¡El gato es negro!

Capítulo 12: Sobre lo que pasó después

A lo que empezó a sonar la alarma que daba calambre. Todos los comandos exorcistas, caza vampiros y lobos humanizados se hicieron presentes. Se armó un quilombo, que ni les digo. Uno de los cruzados cristianos se acercó al Cholo y levantándolo de la garganta y gritándole al oído le preguntó “¿Dónde carajo está el gato negro?”, a lo que el Cholo respondió con una mirada que parecía insinuarle: “Sepa perdonar mi desconocimiento del tema sobre el cual me interroga y entienda que lo único que sé de el gato negro, es que de él se dice que en la tríada central (el narrador, su esposa y el gato) se ve el reverso infernal de Poe, Virginia y la gata Caterina, tan mimada por ellos”. El dicho cruzado, ignorante del arte de descifrar esta mirada comunicadora de un mensaje tan exquisito, como revelador, creyó entender: “Ni la más pálida”, dejándose llevar por el notable purpúreo grisáceo que el rostro de nuestro héroe había adquirido.

–Disculpá’, flaco. Esto que quede entre nosotro’ los cristianos, que somo’ todo hermano, somo’.

Y en eso se escucha una voz ronca del otro lado de la pared que decía “Che, saquéenme de acá”. Los soldados procedieron a demoler la pared, cuyos escombros cayeron sobre el cadáver de un cardenal de la Santa Iglesia, al grito de: “Aquí hay olor a gato encerrado”. Un sujeto de raza negra, disfrazado de mujer, dijo:
–¡La monja mató al cardenal!
–¡Si, lo mató ella! –dijo el Cholo.
–¡Arréstenla! –dijo un cruzado.
–¡Ella es la asesina! –dijo el juez.
–¡Y yo soy gay! –dijo un tipo que andaba por ahí.

A lo que la monja respondió:
–¡No! ¡El gato negro! ¡Con sus diabólicos ojos!

Los cruzados descubrieron que la monja había matado al cardenal por serle infiel con el antedicho transformista, por lo que, consecuencia del enojo, lo amuró, sin imaginarse que el gato negro, quedó igualmente amurado, pero este último... ¡Estaba vivo! El Papa prosiguió nombrando al Cholo, Miembro del Honorable Imperio Cristiano.

Capítulo 12 bis: De lo que sucedió al calmarse la capilla, irse la policía forense y llegar el cura

–Padre, padre, sentí olor a gato encerrado y descubrí un asesinato, al advertir que este fálico felino y un cardenal habían sido amurado por la diabólica Sor Éter. Después me condecoraron como Miembro del Honorable Imperio Cristiano. Y ahora siento que mi cuerpo tiembla –dijo el Cholo a San Pío Nono.
–Y yo ayer me comí una hamburguesa completa y no se lo ando diciendo a nadie.

–Pero... pero yo me estoy confesando.
–Si, eso dicen todos.
–Mi cuerpo quiere ceder sexualmente al adulterio, padre ¿Qué debo hacer?
–Hijo, el cuerpo no importa, pues no es más que la cárcel del alma.
–¿En serio, padre? pero porque no me agarra el candado.
–¡Que Dios te castigue!
–Si Dios existe, no me enteré. Pedazo de forro hijo’e remilputa.
–Hermano, mucho has pecado.

A lo que el Cholo (confundido porque un padre que no era el suyo lo llamó “hermano”) pensó en responderle con un soneto que había escrito por si un evento semejante aconteciere, pero como no aconteció un suceso semejante sino exactamente el mismo, lo dijo igual:

Blasfemiante sonetillo te diré
pues puteada andas necesitando
y es la puta que te está cagando
a quien, durante la noche, cogeré.

Ya no para, tu hermana, de petearme
y a la paridora puta cepillo.
Rómpole, a tu abuela, el anillo
y no deja, tu hija, de tocarme.

Cágomelos a todos tus parientes,
a tu noble vecina, me la ensarto,
a tu hermano, le bajo los dientes.

Tu novia, de coger, me tiene harto
y, pues tiene, con vos, cosas pendientes,
me da el culo, ella, y se lo parto.

Al terminar de recitarle el soneto que se dijo que le recitó, el Cholo se dio cuenta de que el cura estaba muerto, con una gran “Z” dibujada en el pecho.

–¿Zorro, sos vos?
–¿Quién más, chabito?
–Pero, algún pelotudo debe haber traspapelado las páginas de los libros. Así que rajá de acá porque ésta no es tu novela.
–¡Ni la tuya, chamacote! –y se fue gritando en su corcel– Ándale chabo, que muchos quieren ser como yo, pero yo quiero ser muchos y, a su vez, tener mucho de yo. Pues que Dios la salve a California, entonces.

La sombra del Zorro desapareció en las tinieblas, tal como suelen hacer las sombras de las personas que no son ni Peter Pan, ni Drácula.

Capítulo 14: De lo que pensó hacer el Cholo al llegar a su casa y de lo que pensaron en responderle

“Má’ si, me hago vegetariano y se van todos a la concha de la lora” pensó el Cholo. “La paloma también tiene concha, la paloma también tiene concha” pensó en reprochar el ave en cuya cachufleta debía albergar a más de un representante de nuestra desprestigiosa raza.

Capítulo 15: Sobre los hecho que sucedieron al caer la noche

Cuando cayó la noche, se levanto y siguió su curso natural. Llegó entonces Alberto, con unos cornalitos, a comer a lo del Cholo. La caballa de la Chicha yacía dormida en el placard de este último entre calzoncillos que oscilaban entre el amarillo y el marrón, y alguna que otra porción de pizza a la piedra petrificada (pues con una petaca de whisky que tenía en el escote, Madame Chicha la hizo Don Pedro y, acto seguido, procedió a lastrársela).

–¿Queréis cornalitos, Cholo? –dijo Alberto con mirada sugerente.
–No, gracias. Son tuyos, vos te los ganaste. Además son como papafritas que te miran.
–Les comes la cabeza primero y ya está –agregó el más albértico sujeto de la tríada central de nuestro relato.
–¿Pero no se te ocurrió pensar que esos pobres pescaditos tienen padres que los buscarán por las inmensidades del océano y hermanos cuyos sentimientos están siendo cruelmente mutilados por los funestos mecanismos de las feroces mandíbulas de tu impúdica boca que los comen sin reflexionar que están ingiriendo el cadáver de un ser que quería vivir, ser feliz, tener una familia y adquirir una nueva limpiawaflera eléctrica una vez que los verdugos pescadores los hubieron pescado con sus insensibles cañas y redes ?
–La verdad que no –respondió Alberto mientras deleitaba a sus lectores con un olímpico eructo.
–Yo tampoco – reflexionó el Cholo– así que vuelvo a ser carnívoro y me dejo de joder.

Y la Chicha que hasta entonces se había quedado en el placard indispuesta a salir, cambió súbitamente de decisión...

Capítulo 16: Estimado Hannibal Léctor: interrumpimos su relato para dejarlo ante los comentarios de los especialistas Johnny Costanzo y Eric Rodríguez

ERIC RODRÍGUEZ: Bueno, Chohnny, ¿Cómo crees que viene la obra?
JOHNNY COSTANZO: Uhmm... Realmente es una pregunta difícil, Eric, ya que el Cholo le está siendo infiel a La Chicha, sin embargo la pizza no era un Don Pedro sino una piedra.
ERIC: Pedro tu eras piedra, ja, ja, ja... Realmente eres gracioso Chohnny.
JOHNNY: Braulio no anda el audio.
ERIC: Ja, ja, ja... Chohnny, eres un verdadero plato.
JOHNNY: No soy un plato, Eric. No anda el audio ¡Braulio! ¡Por favor arréglalo!
ERIC: Óie Chohnny, mi tía es más graciosa.
JOHNNY: Hablando de gaseosas, Eric, te recomiendo comprar Gaseosas Poca Cola® que no sólo es rica... también afloja torniios, Eric.
ERIC: Ahora que dices torniios no te parece que el Autor de este relato tiene un tornillo flojo.
JOHNNY: Seguro, y es porque no usa Bolivarianigoma®.
ERIC: Seguramente es eso, Chohnny.
JOHNNY: ESSO®, que bueno que me hallas dado La razón®.
ERIC: Sí, la compré en el kiosco, después de lo de mi perro.
JOHNNY: ¿Eric, que le paso a tu perro?
ERIC: ¡Ah no te he contado! Y tu sabes que estaba... y el veterinario le tenía que cortar el... pitulín, bueno sí el pitulín, quizás no sea una palabra muy digna, pero la cosa era así, el lector entederá. Y bueno cuando terminó de cortárselo, se percató de que se lo había cortado a mi hermano, el Néstor, pero como no lo usa demasiado, no le importó mucho y aparte se ligó unos trocitos para perro, así que...
JOHNNY: Y si. El Néstor es así, Eric. La gente no cambia.
ERIC: Ah, ah... ehhhh... bueno nos acaba de avisar el Autor que nos pasamos como siete renglones así que... Bueno, y así redondeamos diciendo que Borges era ciego.

Capítulo 17: Donde tras esta breve, pero extensa, interrupción lo dejaremos seguir con su narración favorita

Mientras el Cholo decía lo que se dijo que dijo, Alberto, casi sin darse cuanta, se comía los cornalitos. Y la Chicha ya asfixiada en el placard (resultado de inhalar el aroma de los chólidos calzones y de la pizza a la piedra petrificada) salió de él, al grito de...

–Perdonadme amor mío te pues he sido infiel –mientras las lágrimas se paseaban por su cara cual autitos chocadores del Hollywood Park y a lo que Don Alberto contestó:
–Ah, no te hagas drama, yo te metí los cuernos con la hermana del Cholo, y con su Mamá, y con la hija no reconocida (y bueno fue en una fiesta de disfraces), y con su hija reconocida (la que trabaja en la tele), y con el gato negro. Ja, ja, ja... –prosiguió Alberto como dando a entender que se estaba riendo, mientras en verdad lo hacía–. Yo soy el típico personaje que empieza siendo bueno y, para aumentar el rating, termina siendo el psicópata.
–Ah, entonces ahora viene la parte donde vos secuestras a la Chicha y luego la persecución que desemboca en la gran explosión final donde vos te morís, nosotros zafamos de pedo, yo hago un chiste boludo y terminamos con la Chicha en pleno fucu–fucu.
–¡Malditas formulas Hollywoodences! –dijo Alberto por no habérsele ocurrido nada mejor a nuestro Autor para que él diga.

Capítulo 18: Noticias de último momento

CONMOCIÓN en General Belgrano: una anciana y un Rottweiler se han visto involucrados en una bestial violación zoofílica. Un grupo de especialistas está investigando que clase de sadismo fue el que la pudo haber llevado a abusar sexualmente del animal. Los dueños declaran: “El daño que esta infame anciana a causado a nuestra familia es irreparable”. Las autoridades no dan respuestas.

Capítulo 19: De lo que aconteció a nuestros héroes al ausentarse el Autor de este relato

–Che, Cholo, me parece que el Autor se fue al baño. Aprovechemos a planear como zafar de esta pelotudez ahora que somos temporalmente libres –dijo Alberto.
–¡Sí! ¡Somos libres! –exclamó, eufórica, la Chicha.
–¡Sí! Como los personajes de Unamuno –agregó un critico literario que estaba leyendo este relato y que funciona en él como el defensor legal de nuestros héroes, motivo por el cual el Autor lo convirtió en personaje–. Pero, ves que no se puede ser libre. Siempre somos presos nuestras influencias: en “Ulises” y en “Crimen y castigo”, por ejemplo, los personajes son libres del autor, pero son presos de sus sentimientos (además Stephen Dédalus es el alterego de Joyce). Si ni los seres humanos, los autores, son libres, porque pretenderemos serlo nosotros. No... no pretendemos serlo ¡Queremos serlo! Somos como niños. Debemos pedirle permiso a nuestro autor, nuestro padre, para movernos. Sin él, no hubiésemos existido –concluyó por fin.
–Si, pero los padres por lo menos les mienten a sus hijos para que crean que el mundo es un lugar justo o les dan tres caramelos a cada uno de los hermanos para que crean que el mundo es comunista ¡Y lo peor es que lo hacen en plena decadencia del comunismo! –dijo Alberto, quien antes de ser personaje literario, había militado en el marxismo.
–Además escuché que el Autor había planeado asesinar a Aristóteles por no permitirle ser el Primer Motor Inmóvil y no hubo forma de detenerlo hasta que le mostraron su certificado de defunción ¿Cómo sabemos que no nos matará a nosotros? –preguntó el Crítico.
–Vamos a tener que hablar con él.
–Si, pero callémonos, porque ahí viene –dijo la Chicha.

Capítulo 20: Donde se transcribe un ensayo que el señor Crítico escribió en el momento más esquizofrénico de su vida, el cual entregó a nuestro Autor para liberarse del hechizo mediante el cual este último lo convirtió en un personaje literario, y al cual tituló: “Ensayo (no tan) filosofal” que es donde se cuentan las cosas que el lector leerá si es que continúa leyendo este imberbe texto

Voy a escribir un ensayo filosofal –a falta de piedra (o de envido)–. No sé muy bien sobre qué, pero bueno, ustedes comprenderán (que no me comprendo ni yo, por eso hago poesía que rima con Oceanía que es la capital de Australía donde uno se saca fotos con Cocodrilo Dandy y si sos Badía podes pagar con los australes que antes solían circular en la Argentina).

Supongo que hablaré de la edición de mi divertimento teopolítico al cual he denominado “Jesucristo nuestro señor (feudal)” en Capital Federal, pero la historia de ese libro es breve: lo quemaron. Ya lo dijo Marx: “Todo lo sólido se desvanece en Buenos Aires”, lo cual nos remonta a la Inglaterra Isabelina en la que Shakespeare se disfrazó de Marlow para relatar la historia de Fausto y así poder rescribirla bajo el nombre de Goethe y contar la historia de estas extrañas metamorfosis disfrazado de Woody Allen que es un paranoico (lo cual es comprensible en alguien que haya sido tantas personas). Y ahora que lo pienso, ni siquiera estoy seguro de no ser Woody Allen y créanme no lo digo por mi innegable talento sino más bien por mi humildad, lo cual me encierra una paradoja que me convierte inescrutablemente en un ser –al igual que Hamlet– contradictorio. Pero bueno ¡Aguante Jorge Dorio!

Le conté a mi psicólogo lo difícil que me era ser Shakespeare, pero él me dijo sabiemente: “No, a lo sumo serás un Jorge Bucay venido a menos”, demostrando con sus palabras mucha coherencia, ejercicio antagónico a la psicología, por lo que descubrí que el dicho sujeto no era psicólogo y con el rostro de una persona estafada me paré y me fui caminando, aunque –cabe aclarar a mis lectores– lo hice haciendo uso de mis piernas y no mi rostro de persona estafada, pues quienes hayan intentado caminar con el rostro (sea éste el de una persona estafada o no) coincidirá conmigo en que es harto difícil e insalubre.


Capítulo 21: Sobre l
o que pasó después

–Oh Chicha, he de secuestrarte –dijo Alberto.
–Oh Alberto, bien lo sé –respondió la Chicha.
–Oh Chicha, he de salvarte –agregó el Cholo.
–Oh Cholo, bien lo sé –respondió la Chicha, nuevamente.
–Oh Chicha, han de secuestrarte y de salvarte –dije yo.
–Oh Narrador, bien lo sé –dijo la Chicha quien después de decir lo que yo dije que ella me dijo me reconoció y me siguió diciendo:
–Che, yo a vos te conozco, sos el narrador de El Quijote.
–Bueno sí –dije modestamente.
–Primero trabajaste con Cervantes y ahora te venís a laburar con el pelotudo de Autor.
–Y bueno, che. Hay que ganarse el mango.
–Ay me firmas un autógrafo –me dijo Alberto.
–No. Sabato no me deja. Le respondí.
–¿Qué? ¿También trabajas para Sabato?
–Si, me llamo Narrador, Omnisciente Narrador, mucho gusto.
–Che, si se dejan de joder y se ponen a seguir el argumento que para eso les pago –dijo con imberbe enfado nuestro tiránico Autor.
–¿Nos pagas? –gritamos todo a viva voz–. Pero si te vamos a hacer un juicio con el sindicato de personajes literarios y te vamos a dejar en la lona, autorcito de cuarta.
–¿Ah, sí? –preguntó el tirano– ¿Cómo van a hacer si ya me compré a Lázaro de Tormes, el presidente de su maldito sindicato?
–¿Con qué lo compraste? –preguntó la Chicha.
–Con una puta –respondió el Autor infame–. Pero si quieren los mando a México de vacaciones a filmar algunos párrafos.
–¿Qué hacemos? –preguntó Alberto.
–Y... vamos y listo –respondió el Cholo.
–Ma’ si –dijimos todos.

Capítulo 22: De cómo y con cuanto cariño recibieron a nuestro héroe en México

Al poner el Cholo el pie fuera del avión recibiolo no sin descortesía un caballero que le dijo:
–Escúchame, requeterecontrachamaquelote, dame toda la lana que tengas o te vuelo el requetenopensante zapallote.

A lo que el Cholo con una melancólica sonrisa le dio un sweater y le dijo:
–Tenga señor cuyo nombre no me han permitido las circunstancias preguntarle, y le ruego que lo cuide con el mismo esmeró con que lo tejió mi abuelita pues esta es la única lana que tengo.

El mexicano le respondió:
–Dáme la guita, pibe.
–¿Pero no sos mexicano? –inquirió nuestro héroe.
–Si, boludo, vengo de México, entre Cordoba y Av. Libertador.

Diole, afligido, el Cholo, cuanta guita poseía y al advertir que se hallaba en la localidad de Batán, retornó a su Buenos Aires querido (no sin rememorar el genealógico árbol de su inestimado Autor)

Capítulo 23: Breve suceso arqueológico latino que pondría en jaque más de una creencia histórico–literaria

Catón, Catulo y Tuno se acompañaron juntos hasta la Roma a tomar sus felices desayunos en Max Dónalis. Y a eso, y por la ventana, se asoma, una dama a ver quien es quien por su casa pasa.

Pregúntale Catulo por amor y ella gozosa se da a la respuesta. Y entonces se adelanta Catón a quien ella le dice de este modo:
–CATON, TU NON.
Y él lloró.
Profierió, entonces, Tuno:
–¿PVTA, TV NOS AMAS?
Y la dama contestó del siguiente modo:
–IETA, TVNO, TE PARTO MISSERARABILE.
Y él partió en Jet a la parte arábica del Mississippi.
–TVS TETIS TANPAL BESVM –agregó Catulo y se fue.

Capítulo 24: Donde se narra el trágico final del relato del Cholo, la Chicha y Alberto, y en donde el Lector creerá que el asesino es el mismo Alberto, mientras ignora que Mickey Mouse y Jack “el destripador” son, a la larga, la misma cosa

–Pobre de ti, ¡Oh, dulce Cholo!, pues ignoras que al regresar tú a la porteña Capital donde impera el Nuestro Rey de cada día te aguardará la más terrible de todas las vidas –dijo Alberto, con tétrico acento de Glaciar Perito Moreno cuando se rompe.
–Pobre de mi. ¿Qué nueva desdicha me aguarda? –dijo el gran Cholo con copiosa angustia.
–¡Deberás cocinar en cada cena papas fritas para veinte personas! ¡Güajajajajajaja! –respondió Alberto quien siempre tartamudeaba al intentar con vano esfuerzo pronunciar la palabra “guajira”.
–¡Alberto es el asesino! –dijo el Lector.
–¡Calláte y seguí leyendo! –amonestó el Autor más lamentable después de Juan Boscán.
–¡No, eso no! ¡Por el amor de San Petersburgo! ¡Si así ha de ser mi vida, la muerte prefiero! – dijo el Cholo, momentos antes de ser asesinado por un chihuahua que en su afán de ser un Rock Star se tiró del noveno piso del edificio que por sobre nuestros héroes se erguía y fue a aterrizar en la chólida sabiola.

–Bien, muerto el héroe no los necesito para nada –dijo el Autor más ilustre de la historia de nuestras letras.
–En vano será tu adulación, maldito Narrador, –dijo quien no quiero que me mate–. Mickey, son todos tuyos, muchacho.

Alberto, Narrador y Chicha murieron destripados por el abominable Mickey Mouse, quien horas después escapó a la Ciudad de Orlando donde actualmente trabaja como objeto de atracción turística. El señor Crítico alcanzó cierta fama tras haber sido el primer hombre en la historia cuyas obras póstumas fueron publicadas estando él todavía vivo. Cuatro años después el INCUCAI recibió un paquete con las cenizas de la Madre del Cholo, firmado por ella misma.
El japonético sujeto que por allí pasaba llegó a ser presidente del Perú. El vendedor de hot dogs, por su parte, formó, alegremente, una familia muy prospera con el tipo que andaba por ahí. El Lector, en este momento, está leyendo el destino de los personajes de un texto que no está muy seguro de haber comprendido del todo, mientras que el Autor, tampoco.

Apéndice: Obras cumbres de los personajes más destacados de la novela

"Don Sancho Carliuchi ‘el Cholo’ Chávez de Chivilcoy, currículo de vida" por él mismo

Hola, me presento: yo soy Sancho Carliuchi Chávez, aquel músico del que tanto se habló la semana pasada. Sí ése. El único del planeta que puede interpretar la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven en guitarra con el milagroso resultado de no acertar siquiera un tono.

"Los libros y uno (vistes)" Reseña bibliográfica por Alberto

La deliciosa compilación antológica denominada El gusto por la poesía, ha dado durante años a sus lectores textos tan ricos en retórica, como en vitaminas.

Durante los días que siguieron a la presentación de este volumen, el público lo recibió con un gran escepticismo. Pero el tiempo le deparaba un nuevo rivobete y tardó en convertirse en un clásico de nuestra literatura.

Aunque el gerente de marketing había declarado que el mismo se vendería como pan caliente, el editor Rómulo Ramón Ramírez, fiel a sus principios ortodoxos, jamás aprobó dicho operativo, argumentando que el ciudadano promedio puede diferenciar sin dificultad un libro de poemas, de un miñón recién sacado del horno.

No obstante, alberga entre sus páginas al exquisito poeta Albertino Segismundo del Zapallo, quien en unas de sus más memorables rimas declara: “Al microonda / ser mala honda, / yo doy retorno, / por ende, al horno”.

En fin, que lo disfruten y buen provecho.

"Autobiografía (no autorizada)" por la Chicha

El auto nació, aunque les pese, bajo la forma de un cuatriciclo. Y fue creciendo hasta que Henry Ford lo inventó. Y el resto ya lo saben.


Fotos del magnánime Arbuto o Arbuto, el Supino, como se lo conoce en Emiratos Árabes Unidos